Actualizado Mi�rcoles,

septiembre

00:00Aunque en Espa�a el debate sobre la inmigraci�n est� casi exclusivamente situado en la puerta de entrada, una parte fundamental de su impacto sobre nuestra sociedad se juega en las aulas. No se trata solo de los menores que llegan como inmigrantes. En Espa�a, cuatro de cada diez nacimientos tienen ya origen en la migraci�n, y contamos con una generaci�n entera de hijos de inmigrantes que lleva dos d�cadas formando parte de nuestras escuelas.Somos un pa�s pobre en estad�sticas para estudiar la infancia, y por eso PISA, m�s all� del batacazo de esta edici�n, es la �nica radiograf�a que tenemos para evaluar nuestro sistema educativo. Pero sus datos sirven para mucho m�s que ordenar pa�ses, comunidades aut�nomas y dar titulares alrededor de una media. PISA es una de las poqu�simas herramientas que tenemos para saber qu� est� pasando con los hijos de los inmigrantes y con esa idea en mente, he analizado sus microdatos. La edici�n de 2025 permite concluir que Espa�a es mejor llevando a sus alumnos hacia la zona media del rendimiento, donde se concentra la mayor�a, que empuj�ndolos hacia la excelencia. Y cuando miramos a los hijos de los inmigrantes, esa debilidad aparece a lo grande.Comencemos por las buenas noticias. Comparada con sus vecinos, Espa�a no sale mal parada en lo que sus hijos de inmigrantes demuestran saber. Tomemos como referencia el 20% de alumnos con peores resultados en Matem�ticas de toda la OCDE: si los hijos de inmigrantes rindieran igual que los nativos, uno de cada cinco estar�a ah�. Entre los nacidos fuera de Espa�a, sin embargo, el porcentaje se dispara al 32,7%, un resultado catastr�fico. Pero basta una generaci�n para que la cifra caiga al 19,8% entre quienes ya nacieron aqu�, frente al 12,3% de los hijos de espa�oles. La desventaja de la segunda generaci�n persiste, pero es menor que en buena parte de Europa. Y, sobre todo, siete de cada diez hijos de inmigrantes nacidos en Espa�a aterrizan en la franja central de rendimiento, lejos tanto del fracaso como de la excelencia.Conviene no atribuir esta ventaja demasiado r�pido a nuestras pol�ticas educativas o de integraci�n. La composici�n de la inmigraci�n importa. Nuestra segunda generaci�n es mayoritariamente latinoamericana e hispanohablante, mientras que en Francia o Alemania tiene mayor peso el alumnado de origen africano y de Oriente Medio cuyas dificultades educativas son m�s frecuentes. Es un matiz importante para comparar pa�ses, aunque no invalida el hecho de que una generaci�n despu�s, Espa�a consigue llevar a la mayor�a de los hijos de inmigrantes hacia el centro de la distribuci�n.A ello tambi�n ayuda que nuestro sistema escolar sea relativamente poco segregado entre centros. En Espa�a, ir a un colegio u otro explica solo alrededor del 12% de las diferencias de rendimiento en Matem�ticas entre los alumnos nativos, una de las cifras m�s bajas entre los grandes pa�ses europeos. El resto de las diferencias se producen por las caracter�sticas de los individuos o de sus hogares, pero no de los centros a los que asisten. Y lo m�s llamativo es que esto tambi�n se aplica a los hijos de inmigrantes. En Espa�a, por tanto, el colegio al que se asiste parece determinar relativamente poco las diferencias de rendimiento. Es, seguramente, una de las razones por las que a casi nadie se le deja atr�s.Tras las buenas, viene la mala noticia. El mismo sistema que protege del fracaso limita tozudamente la excelencia. En Matem�ticas, el 18,2% de los alumnos nativos espa�oles est� en el quintil superior de rendimiento de la OCDE. Entre los hijos de inmigrantes nacidos en Espa�a son apenas el 10,4%, y entre los nacidos fuera, el 6,5%.Es cierto que parte de la ausencia de alumnos excelentes entre los hijos de inmigrantes puede deberse al bajo perfil educativo de la inmigraci�n que recibimos. No es casual que pa�ses que seleccionan m�s su inmigraci�n, como Australia, Canad�, Nueva Zelanda o Reino Unido, sean tambi�n pa�ses donde los hijos de inmigrantes alcanzan con m�s frecuencia la excelencia. Por eso, Espa�a no puede compararse directamente con ellos. Pero esta excusa pierde fuerza cuando nos comparamos con nuestros vecinos europeos. Entre los hijos de inmigrantes de segunda generaci�n, la excelencia alcanza el 18% en B�lgica, el 17% en Alemania y el 21% en Pa�ses Bajos, frente al 10,4% espa�ol, y esto pese a que la composici�n migratoria de esos pa�ses, con mayor peso de origen africano y de Oriente Medio, es en principio menos favorable que la espa�ola. Espa�a retiene el suelo por composici�n, pero pierde el techo por dise�o del sistema, independientemente de la composici�n.Este patr�n no es una peculiaridad espa�ola. La investigaci�n comparada de la educaci�n lleva d�cadas documentando que los sistemas que separan pronto a los alumnos en itinerarios diferenciados, como el modelo alem�n y holand�s, que bifurca a los 10-12 a�os, o el belga, con una fuerte segmentaci�n desde el inicio de la secundaria, producen m�s desigualdad, pero tambi�n m�s excelencia en la cima, porque concentran recursos, profesorado y expectativas en la v�a superior. Los sistemas comprensivos, como el espa�ol, hacen lo contrario y comprimen la distribuci�n completa. De ah� que ganemos en suelo lo que perdemos en techo.Espa�a ha construido una escuela con poco suelo y poco techo. Nos preocupa mucho m�s evitar que los alumnos se queden atr�s que conseguir que los mejores lleguen lo m�s lejos posible. El resultado es una escuela que iguala hacia el centro, pero tiene dificultades para producir excelencia. Para un pa�s que lleva a�os lament�ndose de su baja productividad y la escasez de cualificaciones avanzadas, deber�a ser una prioridad de pol�tica econ�mica. Independientemente del origen, somos un buen pa�s donde no fracasar y un mal pa�s donde brillar.H�ctor Cebolla Boado es investigador cient�fico en el Instituto de Econom�a, Geograf�a y Demograf�a del CSIC.