Iv�n Espinosa de los MonterosActualizado Domingo,
agosto
23:23He dejado pasar unos d�as antes de escribir sobre Ceuta, no porque lo ocurrido admita silencio, sino precisamente por lo contrario. Hay momentos en los que la gravedad de los hechos exige pensar antes de hablar. Algunos han pretendido rebajar esa gravedad hasta convertirla en una nota al pie, mientras otros lanzan gritos y exaltaciones de la violencia que abochornan a cualquier persona sensata. Ceuta merece mucho m�s que este espect�culo.Vayamos primero a los hechos. Decenas de miles de personas intentaron cruzar la frontera espa�ola en apenas unas horas y m�s de 90 seres humanos perdieron la vida. Detr�s de las cifras hay personas: personas que han muerto en el mar, menores abandonados a su suerte, mujeres en situaciones de enorme vulnerabilidad. Pero tambi�n hay 83.000 ceut�es que han visto alterada radicalmente su vida cotidiana y que est�n soportando una presi�n extraordinaria que provoca una situaci�n insostenible. Reconocer una realidad no obliga a negar la otra. Se puede -y se debe- defender la dignidad de quien sufre y, al mismo tiempo, defender con absoluta firmeza las fronteras de Espa�a. De hecho, un Estado serio tiene la obligaci�n de hacer ambas cosas. La humanidad sin orden acaba convertida en impotencia. Y el orden sin humanidad deja de ser civilizaci�n. Espa�a deber�a saberlo mejor que nadie: somos el resultado de una civilizaci�n que aprendi�, a lo largo de siglos, que la ley y la compasi�n no tienen por qu� ser enemigos.Lo ocurrido en Ceuta no ha sido un episodio migratorio m�s. Ha sido una invasi�n que ha puesto en jaque a nuestro pa�s a pesar de que una parte de la izquierda parece empe�ada en ignorarlo. Una frontera internacional no puede quedar sometida a que un pa�s vecino decida a su conveniencia ejercer mayor o menor presi�n sobre ella. Una frontera delimita la soberan�a nacional y cuando esa frontera es desbordada de manera masiva, la cuesti�n deja de ser exclusivamente migratoria y pasa a ser tambi�n una cuesti�n de seguridad, de soberan�a y de respeto internacional. Marruecos es, naturalmente, un vecino importante para Espa�a y precisamente por eso nuestra relaci�n debe construirse sobre el respeto mutuo, la claridad y la reciprocidad. La buena vecindad no consiste en evitar los problemas, sino en poder hablar de ellos sin miedo. Espa�a tiene que respetar y hacerse respetar. Lamentablemente, esto �ltimo parece hab�rsele olvidado hace tiempo a nuestro Gobierno.Tampoco podemos seguir abordando la inmigraci�n como si cualquier discusi�n sobre sus l�mites fuera moralmente sospechosa. Un pa�s tiene derecho a decidir qui�n entra en su territorio, en qu� condiciones y con arreglo a qu� procedimientos, del mismo modo que un individuo tiene derecho a decidir qui�n entra en su casa y en qu� condiciones. Eso no es xenofobia. No es racismo. Se llama soberan�a. Tambi�n se llama sentido com�n. Las fronteras existen precisamente para que la inmigraci�n pueda ser ordenada, legal y compatible con nuestra capacidad de integraci�n y con nuestras necesidades como pa�s. Que no se nos olvide: no existe un derecho a inmigrar a cualquier pa�s en cualquier momento. Existe el derecho de cada Estado a decidir soberanamente cu�ntas personas pueden entrar, qui�nes, cu�ndo y bajo qu� condiciones. Cualquier otro enfoque resulta peligroso, porque quien equipara autom�ticamente el control migratorio con la insolidaridad termina haciendo imposible una pol�tica migratoria razonable y entrega el debate a los extremos. Y cuando los moderados abandonan un debate, los extremos suelen entrar encantados por la puerta principal.Tambi�n es importante preguntarnos c�mo es posible que Espa�a llegara a una situaci�n de este calado. La Audiencia Nacional ya investiga si existieron avisos previos y si detr�s de lo ocurrido hubo alg�n tipo de acci�n concertada. Resulta dif�cil creer que decenas de miles de personas pudieran desplazarse libremente por Marruecos y concentrarse durante d�as junto a la frontera sin que las autoridades marroqu�es tuvieran conocimiento de ello. �De verdad nadie sab�a nada acerca de esas decenas de miles de personas acumul�ndose durante d�as junto a la frontera? �No sab�a nada Marruecos? Y, puestos a preguntar, �tampoco lo sab�an nuestros servicios de inteligencia? Un Estado no puede limitarse a reaccionar cuando decenas de miles de personas ya han atravesado su frontera. Necesitamos inteligencia, anticipaci�n, cooperaci�n internacional y capacidad operativa. Las fronteras se protegen antes de que colapsen, no despu�s, cuando ya s�lo queda explicar por qu� nadie vio venir lo que ven�a caminando hacia nosotros desde hac�a d�as.Y despu�s est� Ceuta. Durante demasiado tiempo, desde la Pen�nsula hemos tratado a Ceuta y Melilla como si fueran lugares remotos cuya singularidad s�lo recordamos cuando aparece una crisis. No. Ceuta es Espa�a y sus ciudadanos tienen exactamente el mismo derecho a la seguridad, a los servicios p�blicos y a la tranquilidad que quienes viven en Madrid, Sevilla o Barcelona. No hay ciudadanos de primera y ciudadanos de frontera. Por eso me impresion� especialmente ver a miles de ceut�es manifest�ndose juntos bajo un lema sencillo: �Ceuta no se rinde�. No me negar� el lector que, en una �poca empe�ada en dividirnos en identidades, Ceuta nos record� algo bastante m�s importante: que una comunidad pol�tica puede ser mucho m�s fuerte que sus diferencias. Y que quiz� la identidad m�s resistente sea aquella que no necesita explicarse constantemente porque sabe perfectamente qui�n es.Ahora vendr�n las discusiones sobre responsabilidades, expulsiones, acogida, menores, recursos y cooperaci�n europea. Habr� que afrontarlas. Pero ser�a un error convertir a Ceuta �nicamente en otro campo de batalla entre Gobierno y oposici�n, otro episodio de esa interminable guerra espa�ola en la que cada tragedia termina convertida en argumento electoral antes incluso de que termine de enfriarse el caf�. Aqu� hay algo bastante m�s importante en juego. Espa�a necesita recuperar una idea que parece haberse vuelto inc�moda: el Estado tiene obligaciones: proteger sus fronteras, hacer cumplir la ley, auxiliar a quien est� en peligro, proteger a los menores y garantizar la seguridad de sus ciudadanos adem�s de exigir a sus socios y vecinos que cumplan tambi�n sus compromisos. Ninguna de estas obligaciones contradice a las dem�s. El falso dilema entre fronteras abiertas y ausencia de humanidad s�lo sirve a quienes viven pol�ticamente de los extremos. Entre ambos existe un espacio enorme llamado responsabilidad. Y ah� deber�a estar un pa�s serio como Espa�a, si tuviera un Gobierno a la altura de las circunstancias.Europa tambi�n deber�a tomar nota. Ceuta no es �nicamente un problema espa�ol. Cuando alguien cruza irregularmente la frontera de Ceuta est� cruzando la frontera exterior de Europa. La solidaridad europea no puede empezar varios kil�metros despu�s de la frontera, cuando el problema ya ha sido convenientemente exportado. Necesitamos una pol�tica migratoria europea que distinga con claridad entre inmigraci�n legal, asilo y entrada irregular; que proteja a quien realmente necesita protecci�n y que devuelva a quien no tiene derecho a permanecer. Sin esa claridad, el sistema terminar� perdiendo legitimidad, y cuando un sistema pierde legitimidad, la pol�tica suele descubrir demasiado tarde que las sociedades tienen bastante menos paciencia que los parlamentos.Necesitamos algo todav�a m�s dif�cil: recuperar la confianza en nosotros mismos. Una naci�n democr�tica no debe avergonzarse de tener fronteras, ni de exigir que se respeten sus leyes, ni de afirmar que la solidaridad tiene que ser compatible con el orden. Pero tampoco deber�a acostumbrarse a contemplar cad�veres en sus playas como si fueran una estad�stica inevitable. M�s de 90 muertos deber�an obligarnos a todos -Espa�a, Marruecos y Europa- a preguntarnos qu� estamos haciendo mal. Porque una frontera segura tambi�n salva vidas. Y quiz� esta sea una de las paradojas que m�s nos cuesta aceptar: proteger una frontera no consiste �nicamente en impedir que alguien entre; tambi�n puede consistir en impedir que alguien termine muerto intentando hacerlo.Ceuta nos ha mostrado, en pocos d�as, muchas de nuestras debilidades: falta de previsi�n, dependencia exterior, improvisaci�n administrativa y un debate p�blico demasiado acostumbrado al griter�o. Pero tambi�n ha puesto de manifiesto la preocupante incapacidad del Gobierno de Espa�a para responder con eficacia cuando sus ciudadanos necesitan un Estado fuerte en situaciones l�mite: el volc�n de La Palma, las inundaciones de Valencia, los accidentes ferroviarios, los devastadores incendios o una crisis como la vivida en Ceuta.Afortunadamente, Ceuta tambi�n nos ha mostrado algo mejor: la serenidad y la unidad de muchos ceut�es en circunstancias extraordinariamente dif�ciles. Quiz� esa sea la �nica lecci�n que deber�amos conservar cuando desaparezcan las c�maras. Ni ingenuidad ni odio. Ni fronteras inexistentes ni indiferencia ante el sufrimiento. Ley y humanidad. Soberan�a y responsabilidad. No deber�a ser tan dif�cil.Iv�n Espinosa de los Monteros es Presidente de Atenea













