Cuando uno pasea por Ceuta estos días y se cruza con amigos y conocidos, la conversación deriva con frecuencia en una improvisada terapia emocional de supervivencia de la que todos estamos necesitados. Flota una reflexión que muchos caballas comparten: evocan a seres queridos ya fallecidos y se muestran aliviados de que el destino les haya ahorrado el trago de presenciar el zarpazo que Ceuta sufrió el pasado 30 de julio.Confieso que yo también he pensado en mi padre. Era de Ceuta, de los de toda la vida. Aquí desplegó su talento, su infinita capacidad de trabajo y una prodigiosa facilidad para adelantarse a su tiempo. Creó negocios, innovó, generó decenas de puestos de trabajo y se implicó de lleno en el tejido social y humanitario. En Ceuta construyó su vida y formó nuestra familia.Como él, lo hicieron miles de personas. Hay que tener presente esa evocación a los seres queridos para comprender la magnitud de un desgarro tan íntimo y transversal. Desde hace generaciones, los ceutíes mantienen una relación particular con el futuro. No viven con miedo ni se levantan preguntándose qué hará Marruecos. Pero en algún lugar de su paisaje mental permanece una incertidumbre que un ciudadano de Sevilla o Valladolid difícilmente necesita incorporar al suyo: que alguien cuestione la soberanía e incluso el futuro del lugar donde has decidido construir tu vida.Es una incertidumbre existencial, pero también una apuesta. El ceutí sabe que existe y decide que no va a permitir que gobierne su vida. La generación de nuestros padres conoció la Marcha Verde, la movilización organizada por Marruecos en noviembre de 1975, cuando unas 350.000 personas avanzaron hacia el Sáhara Occidental para presionar a España y forzar su retirada del territorio. Después llegaron las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, Perejil, la desaparición del porteo, más de dos años de frontera cerrada y la entrada ilegal de más de 5.000 inmigrantes en mayo de 2021. Y ahora esto.Pero además de las grandes crisis están las pequeñas, las de baja intensidad, las que apenas se cuentan. Un cierre intempestivo de la frontera sin que nadie dé explicaciones del porqué. Residentes de Ceuta que no pueden pasar a Marruecos. Vecinos de las zonas limítrofes obligados a soportar colas durante horas. Episodios que recuerdan periódicamente que una decisión adoptada al otro lado puede alterar la vida cotidiana de este.Los ceutíes han desarrollado incluso una patriótica práctica de restricción mental, asumiendo que, en una ciudad profundamente apegada a la Corona, las visitas y manifestaciones de la Familia Real sobre Ceuta y Melilla se administren con una cautela difícilmente imaginable en cualquier otra ciudad española. Todos entienden las razones diplomáticas. Eso no significa que no duela.Los ceutíes son expertos domadores de la incertidumbre. La segunda vivienda en la Península es también, para algunas familias, la casa del “por si acaso”, una especie de seguro emocional que, lejos de reflejar ganas de irse, traduce una cautela. Una cautela que parecía cada vez más accesoria. Porque Ceuta se ha venido arriba. Se ha negado a ser percibida como una ciudad condenada a vivir pendiente de una frontera que condiciona su economía y ha construido otras razones para venir y quedarse.La apuesta tecnológica ha atraído empresas y generado empleo; avanza el proyecto del centro de datos y las nuevas conexiones con el resto de España apuntalan una transformación notable. Ceuta tiene un campus universitario asentado que recibe cada año nuevos estudiantes y amplía su oferta formativa. Estos días me he cruzado en la playa del Trampolín con jóvenes periodistas de la Península que trabajan aquí, una nueva generación de profesionales de un periodismo local de gran calidad.También el turismo intenta cambiar el relato. Ceuta se promociona fuera y reivindica aquello que durante demasiado tiempo apenas supo contar: esta es una ciudad extraordinaria por su geografía, su historia y su mezcla cultural. Hasta el fútbol forma parte de esa autoestima. El regreso de la AD Ceuta al fútbol profesional, 45 años después, ha desatado un romance colectivo con una ciudad feliz de ver que su nombre recorre España por un motivo distinto frontera o una crisis.Y ahora esto.Resolver la emergencia actual es urgente. Habrá que encontrar una salida para los miles de personas que permanecen en una ciudad que no puede asumirlas y que necesita recuperar espacios, servicios y normalidad. Pero esta vez no puede bastar con superar otra crisis. Junto al desgarro ha aparecido un sentimiento de abandono, alimentado por una gestión desastrosa. Después de décadas aceptando cautelas e incertidumbres, la ciudad se pregunta ahora hasta qué punto está sola cuando las cosas se ponen feas.La gente no quiere marcharse de Ceuta. Pero si permanece la convicción íntima de que esto puede repetirse y de que la respuesta será la misma, el “por si acaso” puede dejar de ser una precaución para convertirse en decisión. Si los empresarios dejan de invertir, los jóvenes no regresan y las familias deciden instalarse fuera, estaremos deshaciendo lentamente un futuro construido durante años. Y ya sabemos quién habrá ganado.Por eso, esta vez tiene que ser la última. Ceuta, al igual que Melilla, necesita que el Estado esté a la altura de su compromiso con España y la defienda sin vacilaciones. No necesita otra declaración de españolidad en un tuit cuando llegue la próxima crisis o la amenaza del vecino, sino una política hacia Marruecos que trascienda gobiernos, responda con firmeza a cualquier cuestionamiento de la soberanía y construya un marco permanente de seguridad y certidumbre. Y necesitamos una Europa comprometida. El Tarajal no es la frontera remota de un pequeño territorio español. Es frontera europea.Mi padre hizo su parte. Como él, otros construyeron aquí sus vidas. Muchos permanecen enterrados en esta ciudad. Otro anclaje sentimental que escapa a la crónica. Hablen de ello con los ceutíes si, por curiosidad o afecto, visitan la ciudad estos días. Ceuta ha cumplido. Ahora les toca cumplir a España y a Europa.