Estoy políticamente en contra de la vergüenza ajena porque es la más invasiva de las emociones: yo no tengo por qué sentirme mal porque tú seas idiota. Pues aparece un evento astronómico tan único, tan singular, tan fantástico como un eclipse y ¡tachán!, el eclipse queda eclipsado por una cantidad tan única, tan singular y tan fantástica de vergüenza ajena que uno siente ganas de lanzar al aire las gafas homologadas y mirar fijamente al astro rey hasta derretirte las retinas para dejar de leer lo que uno ha de leer estos días. Madre del amor hermoso, España.
Jugamos al frontón con las tendencias: cada tendencia necesita su raquetazo de vuelta hacia la pared, porque en eso consiste el juego y porque si no participamos de la conversación pública, parecerá que nos vamos a evaporar y porque desde que existen las redes sociales no hay nada más pavoroso ni terrorífico que el no poder hacer que una persona que no conocemos de nada ni conoceremos en nuestra vida sepa todas y cada una de las opiniones que tengamos que decir sobre un tema en específico. Que esto lo diga alguien que, entre otras cosas, se gana la vida dando su opinión es, cuanto menos, problemático, pero si de algo podré jactarme es de no ser impulsor ni mecenas de la vergüenza ajena que pueda sufrir nadie nunca.














