Pocos acontecimientos llevan consigo una llamada a la trascendencia, a significar algo más que lo obvio, como los eclipses totales, al estilo del que llegará este 12 de agosto de 2026. Algo tan único como que la Luna y el Sol tengan el diámetro, la alineación y la distancia necesarias para que la primera oculte al segundo de forma perfecta, dejando visible únicamente su corona. No es algo que pueda vivirse así, sin más, y la humanidad ya se ha encargado de otorgarle más significados que a una película de David Lynch. Desde el Talmud judío hasta las tradiciones mapuches de Sudamérica, los eclipses de Sol han sido vistos como un mal presagio, el anuncio de que algo malo estaba por suceder. PublicidadPara pueblos de África Occidental o para naciones indígenas de Norteamérica como los navajos o los hopis, estos acontecimientos eran momentos de introspección, de oración, de catarsis. Y en la mitología nórdica —visto lo visto, la más acertada a día de hoy—, los eclipses marcarían el comienzo de la batalla del fin de los tiempos; una que puede que comenzar con un bombardeo en Irán o, por qué no, con una disputa por las últimas gafas para ver eclipses en la calle Real de A Coruña.Si quieres seguir leyendo este artículo en gallego, haz clic en este enlace.Sin embargo, ocurre con los eclipses totales algo curioso, una diferencia que los distingue aún más del resto de fenómenos celestes, como los cometas o las supernovas: el hecho de que cuentan con una tribu que los ha convertido en el centro mismo de su cosmogonía. Un grupo de personas que se dedica a perseguirlos por medio mundo y que, curiosamente, no les ha encontrado ningún significado mayor que el regalo que supone ser testigo de su aparición. Se llaman cazadores de eclipses. Y para encontrar a su máximo representante en Galicia (o, alerta spoiler, al segundo máximo representante), solo había un lugar al que podíamos llamar.— Agrupación Astronómica Ío, ¿dígame?— Hola, llamo de la revista Luzes y, quizá sea mucho pedir, pero estamos buscando a una persona que sea perseguidora de eclipses, un eclipse chaser, como los llaman; alguien que vaya viajando por el mundo persiguiendo eclipses. Y, si fuera posible, estaría bien que fuera un gallego o alguien con relación con Galicia para contar esta historia.Publicidad— Pues... Ha llamado al lugar indicado.—¿ Ah, sí? ¿Conocen a alguien?— Creo, humildemente, que sí: yo mismo.— ¿Y cómo te llamas?— Óscar Blanco, y llevo nueve eclipses vistos a lo largo de mi vida.Óscar Blanco: "Desde niño sabía que el eclipse iba a pasar por aquí; decía: 'Yo qué sé lo que pasará cuando tenga 52 años...'"El (segundo) mayor perseguidor de eclipses de A Coruña"Desde niño, creo que desde que tenía unos 15 años, sabía que el eclipse iba a pasar por aquí; por entonces aún no había visto ninguno y lo tenía en la cabeza como algo muy lejano; pensaba: '¡Bah! Yo qué sé qué será de mí cuando tenga 52 años...'", explica Blanco con una sonrisa algo melancólica, como si los eclipses que lleva a sus espaldas fueran batallas, y remata: "Pero aquí estamos". La nostalgia de mirar hacia los años —y los eclipses— pasados se disipa en cuestión de segundos y permite que este coruñés vuelva a su estado habitual estos días: la ilusión y la emoción. No es para menos. Pocas veces, o más bien nunca, uno pasa toda la vida con una fecha y una hora grabadas en la cabeza. Y Óscar Blanco lleva unos 37 años repitiendo de vez en cuando esos números: las 20.28 horas del 12 de agosto de 2026. El instante en el que su ciudad quedará sumida en la oscuridad durante unos minutos por primera y última vez en este siglo.Vista desde fuera, la suya es casi una historia de película que serviría para contar la biografía de los miembros de un linaje, el de los perseguidores de eclipses, del que él es el último eslabón. Uno que comenzó, según la revista del Instituto Smithsonian de Estados Unidos, ya en la China del siglo VIII antes de Cristo y cuyos primeros trabajos documentados datan del siglo IX de nuestra era, en las zonas de Bagdad y El Cairo. Que vivió un momento crucial en 1715, cuando los trabajos de Sir Edmund Halley —el mismo que calculó el paso del famoso cometa al que dio nombre— ayudaron a predecir con exactitud cuándo iban a producirse los eclipses totales. Y que, pese al trabajo de Halley y como toda buena película que busca aliviar la carga dramática, no puede evitar sus momentos de comedia, protagonizados por un tal Samuel Williams.PublicidadObnubilado por la posibilidad de contemplar un eclipse total en una época en la que desplazarse entre continentes no era precisamente sencillo, este profesor de la Universidad de Harvard guio en 1780 a un grupo de aficionados a los eclipses, en plena Guerra de Independencia de Estados Unidos, a través de las líneas enemigas del Ejército británico. Después de atravesar las trincheras y, cabe suponer, dejar atónitos tanto a unos como a otros, todo el esfuerzo de Samuel Williams fue en vano: había calculado mal la trayectoria del eclipse y lo único que vieron en el cielo durante aquel viaje fueron los cañonazos de uno y otro bando.De estatura media, pelo blanco, barba de varios días y vestido de una manera que no llama especialmente la atención, Óscar Blanco es hoy el heredero natural de toda esta familia de devotos, probablemente los más racionales de los que se tiene constancia. Antiguo estudiante de Empresariales en la Universidade da Coruña, por inercia, pero divulgador científico y astronómico por vocación, además de presidente de la Agrupación Astronómica Coruñesa Ío y director del Centro Astronómico de Trevinca, puede decirse que Blanco es un tipo normal, moderadamente hablador, muy alejado de la imagen que suele asociarse hoy a los eclipse chasers, ese grupo de personas que recorre el planeta en busca del siguiente eclipse y que, eso sí, cuenta con cálculos bastante más fiables que los de Samuel Williams."Si hiciéramos un retrato robot", explica Blanco, "efectivamente podemos decir que existe un perfil muy habitual entre los perseguidores de eclipses porque, al fin y al cabo, somos personas que viajamos muy lejos para ver estos fenómenos, a lugares a los que a veces resulta complicado llegar. Creo que, por eso, el perfil más común suele ser el de un hombre de mediana edad, norteamericano y soltero; un poco con perfil de lobo solitario, porque moverte tanto y gastar tanto dinero no es precisamente un plan familiar".Como en toda tribu, los perseguidores de eclipses también tienen sus propios códigos. El más curioso para quienes los observamos desde fuera quizá sea que no solo llevan la cuenta de los eclipses que han visto en su vida, sino también de los minutos acumulados bajo su oscuridad. Algunos duran más, otros menos, y eso sirve para establecer una especie de jerarquía. "Yo, por ejemplo, llevo alrededor de media hora", explica Blanco, que se apresura a quitarse el mérito de encabezar esa clasificación en Galicia: "Mi compañera África Fernández lleva un eclipse más que yo; yo he visto nueve y ella diez, porque estuvo en Siberia y en la Isla de Pascua".Las cosas de la vida. Veinte años persiguiendo eclipses dan para convertirse en el segundo mayor perseguidor de eclipses de la provincia de A Coruña.Los viajes de Óscar Blanco en busca de la oscuridadEl primer encuentro de Óscar Blanco con un eclipse total tuvo lugar en 2006, durante un viaje a la Capadocia turca. "Fue la sensación más intensa, la primera vez que lo veía, y además en un paisaje privilegiado". Apenas tres años después ya se embarcó en un nuevo viaje en busca de la oscuridad: "En 2009 fuimos a China; fue un caos por todos los motivos posibles, por lo caótico que es el país y por lo cubierto de nubes que estaba el cielo".En 2010 hubo otro eclipse total, el de la Isla de Pascua en el que sí estuvo África Fernández, pero Óscar se quedó en casa para vivir algo todavía más improbable: ver a España ganar un Mundial de fútbol. "Ocurrió el mismo día que el eclipse total", recuerda Blanco, que en 2012 retomó el camino de su verdadera pasión: "Ese año viajamos a Queensland, en la costa este de Australia, en las antípodas, recorriendo medio mundo; era la primera vez que disfrutaba del cielo austral y fue una auténtica pasada, con las nubes de Magallanes, con la Cruz del Sur... fue la primera vez en muchas cosas", rememora Blanco con el mismo tono con el que otros recuerdan sus primeras veces.Publicidad"En esos momentos pienso: ojalá todo el mundo pueda ver uno una vez en su vida".Tres años después, siguiendo la estela de los eclipses, este coruñés llegaría a un lugar al que, probablemente, nunca habría viajado de otro modo: "Las Islas Feroe, en 2015; fue el eclipse más tranquilo, con muy poca gente y en medio de un paisaje impresionante, entre aquellos acantilados y escenarios de película". Fue allí, en las Feroe, donde recibió el certificado no oficial de pertenecer a una tribu muy particular: "Coincidí con un chico de Madrid al que ya conocía y con el que también había coincidido en China... Al final siempre acabamos yendo todos a los mismos sitios".Llegados a este punto, el relato adquiere tintes surrealistas. China, Australia, Capadocia, las Islas Feroe. Las historias de todos esos viajes, por los lugares más dispares e inconexos del planeta, recuerdan inevitablemente a uno de los relatos de la escritora Valeria Mata en su maravilloso libro Todo lo que se mueve. En uno de sus capítulos, la autora mexicana habla de Joël Henry y de su Laboratorio de Viajes Experimentales, una forma de reinventar el turismo mediante una propuesta basada en el juego, el humor y el azar. En el proyecto de Henry aparecen ideas como el turismo de fin de línea —subirse a un transporte y dejarse llevar hasta la última parada, donde habrá que buscar un lugar para pasar la noche—, el turismo encadenado —recorrer topónimos que formen una cadena en la que la última sílaba de un nombre coincida con la primera del siguiente: Zanzíbar, Bariloche, Chechenia— o el turismo doble —visitar únicamente lugares cuyos nombres contengan palabras repetidas: Bora Bora, Baden Baden o Kwe Kwe."En 2024 habíamos previsto verlo en Texas, pero el cielo estaba completamente cubierto y ese mismo día recorrimos 1.008 kilómetros. Llegamos hasta Arkansas".Con los eclipse chasers, con Óscar Blanco, todo suena así de arbitrario. Debe de ser un placer dejarse llevar por el mundo. Tener un plan que no puedes controlar a tu antojo. Dirigirse a distintas partes del planeta obedeciendo los designios de una fuerza superior, igual que, por poner un ejemplo, los miembros del club de fans de la Orquesta Panorama recorren las verbenas de toda Galicia siguiendo los pasos de Lito Garrido. Y, mientras tanto, Óscar continúa con un relato que tiene la capacidad de fascinar, por su carácter aleatorio e imprevisible, a cualquier interlocutor:Publicidad— Indonesia, en 2016, en Sulawesi, en las islas Célebes; fue el mayor contraste social, casi te sentías como una estrella del rock.— Wyoming, Estados Unidos, 2017. Unos paisajes increíbles, un cielo completamente despejado.— Chile, 2019; el más espectacular desde el punto de vista visual porque el Sol, en el momento de la totalidad, estaba muy cerca del horizonte, como ocurrirá aquí.—Exmouth, 2023, una zona desértica de Australia. Era un lugar muy pequeño y hubo una enorme concentración de gente en un espacio reducido.Y, por fin, el último eclipse total antes de ese que lleva toda la vida señalado en su calendario: "El de 2024; estaba previsto verlo en Texas, pero el cielo estaba completamente cubierto y ese mismo día recorrimos 1.008 kilómetros —ni uno más ni uno menos— para poder contemplar el eclipse en buenas condiciones... Llegamos hasta Arkansas".Para muchas religiones antiguas, los eclipses eran el símbolo de algo. De cambios, casi siempre para peor. Curiosamente, los dos últimos eclipses totales que atravesaron Norteamérica coinciden con momentos clave de la historia reciente de la región: ambos tuvieron lugar al comienzo de los dos mandatos de Donald J. Trump.Óscar Blanco, sin embargo, prefiere no ver nada más allá de lo evidente."Yo no le veo ninguna simbología, aunque sí es verdad que siempre digo que no deja de ser algo muy casual, tremendamente casual, el hecho de que se produzca un eclipse total; si la Luna estuviera más lejos nunca llegaría a tapar completamente el Sol y, si estuviera más cerca, lo ocultaría por completo, pero no dejaría visible la corona que se forma a su alrededor... No sé, cuando ves un eclipse total te sientes como una persona afortunada por estar justo donde estás, igual que quien aparca en la única sombra de un aparcamiento a pleno sol", cuenta Blanco. Y añade, con una sonrisa de satisfacción, quizá por regresar mentalmente a alguno de sus nueve eclipses anteriores o quizá por viajar ya al décimo, que tiene tan cerca: "Es en esos momentos cuando pienso: ojalá todo el mundo pudiera verlo una vez en su vida".Para la inmensa mayoría de Galicia, para el 99,999 % de los gallegos que no son eclipse chasers, esta será la primera y la última oportunidad de contemplar un fenómeno así. Ese acontecimiento del que todo el mundo habla tendrá lugar el 12 de agosto de 2026 y no volverá a pasar por la comarca de A Mariña y la costa norte gallega hasta el año 2180.PublicidadÓscar ya tiene preparado su plan para este verano. En un mapa, quién sabe si solo mental o también físico, Óscar Blanco tiene estudiados cinco puntos del golfo Ártabro desde los que, dependiendo de la previsión meteorológica, podrá contemplar cómo el Sol, poco antes de ocultarse tras el océano Atlántico, queda completamente cubierto por la Luna. Será la décima vez que presencie un eclipse total y, con esos minutos, superará con creces la media hora acumulada bajo la oscuridad más extraordinaria que un ser humano puede experimentar."No quiero alejarme mucho de la zona, pero tampoco quiero estar rodeado de miles de personas. No porque me parezca mal, sino porque prefiero ir con mis hijos y disfrutar de todo: de los sonidos, de los colores, del paisaje... y hacerlo con tranquilidad".Siempre dispuesto a recorrer kilómetros, muchísimos kilómetros, para contemplar un eclipse en las mejores condiciones posibles, por una vez Óscar solo le pide una cosa a este eclipse total:"Yo, el mismo día, me iría hasta Valencia si hiciera falta para verlo, pero me parece un hito histórico poder hacerlo en mi propia casa, y espero conseguirlo".Y concluye, quizá por primera vez durante toda la entrevista con un punto de tensión en la voz:"Pero nunca se sabe".Ni cruzar líneas enemigas en mitad de una guerra, ni viajar hasta las Islas Feroe, ni recorrer 1.008 kilómetros entre Texas y Arkansas. Al final, no hay nada más difícil y angustioso para un perseguidor de eclipses que sentarse a la puerta de casa a ver pasar el Sol.
Los cazadores de eclipses: una vida viajando detrás de la sombra
Los eventos celestiales únicos, esas rimbombantes combinaciones de factores físicos que rozan lo increíble, generan una fascinación terrible.













