En el año 1919, un eclipse total de Sol ayudó a confirmar la teoría de la relatividad general de Einstein, porque vieron cómo la luz de las estrellas del fondo se “doblaba” en torno a nuestro astro rey para llegar a nosotros, confirmando que la gravedad de los objetos podía influir en su trayectoria, deformando así el espacio-tiempo.

Aquel icónico evento se convirtió en el mejor ejemplo de cómo la observación de eclipses ha sido clave en el mundo de la ciencia. Aunque en la actualidad tienen más de espectáculo, la observación de un objeto que se interpone entre otros dos, tapando de algún modo su luz, sigue siendo una valiosa fuente de información, también más allá del sistema Tierra-Luna.

Cuando el próximo 12 de agosto asistamos a la primera entrega del “trío de eclipses” que podrá verse desde España en estos años (2026, 2027 y 2028), conviene recordar que, desde la antigüedad, los eclipses han sido una forma de asomarse a las dimensiones del cosmos. En el sistema solar han permitido a los astrónomos medir con gran precisión tamaños, órbitas y atmósferas de planetas y lunas. Y hoy día son una de las fuentes de información más valiosas para conocer diversos fenómenos del universo, donde se producen ocultaciones que duran nueve meses, nos permiten adivinar el paso de exoplanetas delante de su estrella o de lejanos cuásares gracias al efecto de las lentes gravitatorias.