Los eclipses, además de ser un espectáculo sobrecogedor, son un fenómeno astronómico muy útil para la ciencia. A lo largo de la historia se han empleado, en combinación con diversas herramientas geométricas, para entender nuestro sistema solar, calcular la velocidad de la luz e incluso comprobar la curvatura de nuestro universo.
En efecto, un eclipse solar, como el que se observará este 12 de agosto en la Península ibérica, fue la clave para hallar las primeras pruebas experimentales de la teoría de la relatividad general de Albert Einstein. En esta teoría, la gravedad se postula no como una fuerza atractiva entre dos masas, tal y como enunciara Isaac Newton, sino como una consecuencia de la curvatura del espacio-tiempo.
La curvatura de una superficie es un concepto intuitivo, que tiene que ver con cuanto difiere dicha superficie en un punto de su plano tangente. Sin embargo, determinar que un espacio está curvado cuando se vive dentro de él, como es el caso de nuestro universo, requiere de herramientas geométricas. Con ellas, durante un eclipse solar en 1919, el astrónomo Arthur Eddington logró registrar las desviaciones de la luz de estrellas lejanas provocadas por la curvatura del espacio (y el tiempo), debida a la materia del Sol.












