Ha llegado el gran día. Este miércoles 12 de agosto de 2026 un eclipse solar total cruzará España, dejando parte de 13 comunidades autónomas completamente a oscuras durante instantes que irán de segundos hasta casi dos minutos. Instantes que, según cuentan los que han vivido una experiencia así, se quedarán en nuestra memoria para siempre. Es algo que no ocurría en la península desde 1905, salvando el eclipse total de 1912 que apenas se vio unos segundos en Galicia. Nuestro país concentra hoy a miles de cazadores de eclipses, aficionados a la astronomía y millones de ciudadanos a los que les ha picado el gusanillo de la curiosidad cósmica, que levantaremos la vista al unísono para ver cómo el Sol queda completamente tapado por la Luna, a eso de las 20:30 horas en la franja de totalidad. Hasta Brian May, mítico miembro de la banda de rock Queen y astrofísico británico, estará aquí. Será solo uno de los cientos de científicos pendientes del astro rey. Los eclipses no solo nos fascinan, también ayudan al progreso y a la ciencia. Son un escenario ideal para estudiar fenómenos que no pueden verse en circunstancias normales. Por eso, decenas de centros de investigación españoles y también grupos internacionales tienen a punto sus equipos para aprovechar al máximo cada minuto. Les acompaña la convicción de saber que ya se consiguió en el pasado. Un gas con voz de pito y una teoría revolucionaria Era un agosto como este, pero de 1868. Un eclipse solar total cruzaba la India y, en el momento y lugar adecuados, estaba el astrónomo francés Jules Janssen. Tenía en su poder un espectroscopio, un instrumento óptico que sirve para descomponer la luz en sus diferentes longitudes de onda o colores. Lo dirigió hacia la atmósfera solar y se encontró una línea amarilla que no se esperaba en el espectro de la corona. Era el primer eclipse total desde que se averiguó que esas líneas del espectro correspondían a los diferentes elementos químicos presentes en el Sol. La misteriosa línea amarilla parecía estar cerca del sodio, pero no tenía exactamente la huella espectral de ningún elemento conocido. Su longitud de onda de 587,49 nanómetros así lo indicaba. Era otra cosa. Aquel 18 de agosto se descubrió el helio, el segundo elemento más abundante del universo por detrás del hidrógeno. Un elemento que todavía no había conseguido aislarse en la Tierra (se consiguió 27 años más tarde), pero que en el Sol abunda por la fusión de átomos de hidrógeno. El gas noble fue bautizado por el astrónomo británico Norman Lockyer, que llegó al mismo resultado que Janssen de forma independiente, en honor a Helios, el dios griego del Sol. Se usa en la industria, en refrigeración y en medicina. También en los globos que flotan en las fiestas de cumpleaños; es el gas de la voz aguda. TE PUEDE INTERESAR Medio siglo después, otro eclipse cambió nuestra comprensión del universo y lanzó a la fama mundial al que es sin duda el científico más conocido de todos los tiempos. Había arrancado el siglo XX y Albert Einstein dejaba unos años locos a sus espaldas. En 1905 había enunciado su teoría de la relatividad especial, según la que la velocidad de la luz en el vacío es constante y las leyes físicas son invariantes en todos los sistemas que no tengan aceleración. Desde 1911, el científico luchaba por generalizar esa relatividad al movimiento acelerado y añadirle gravedad al asunto, nunca mejor dicho. Definió el universo como un espacio-tiempo de cuatro dimensiones, que se deformaba por culpa de la masa. Esto explicaría la acción a distancia de la gravedad. Publicó su estudio Sobre la influencia de la gravedad en la propagación de la luz, en el que predecía que las grandes masas curvarían la trayectoria de los rayos de luz. En 1916 publicó las ecuaciones definitivas del campo gravitatorio. Si se medía ese efecto, se comprobaría su teoría. Pero había un problema: el brillo del Sol a la luz del día impide verlo. Tres años más tarde, el 29 de mayo de 1919, dos expediciones científicas a la franja de totalidad de un eclipse lo solucionaron. Fotografía del eclipse solar de 1919 tomada por Sir Arthur Eddington desde la isla de Príncipe, frente a la costa occidental de África. El astrofísico británico Arthur Eddington coordinó viajes a la isla de Príncipe (África) y a Sobral (Brasil). Eran los cazadores de eclipses de la época. La idea era fotografiar unas estrellas en la constelación de Tauro, a medida que aparecían justo detrás del borde del Sol oscurecido, para ver si la masa gigantesca de nuestra estrella curvaba la luz estelar que pasaba cerca. Es decir, si la gravedad deformaba el tejido espacio-temporal. Esto que suena a ciencia ficción se comprobó al revelar las placas fotográficas. La posición aparente de esas estrellas se había desplazado exactamente la distancia que había calculado Einstein. Después de aquello, el científico que sacaba la lengua saltó a la popularidad masiva. Los eclipses sirven para estudiar la atmósfera solar, detectar exoplanetas y estudiar sistemas de estrellas “Por el efecto que predijo Einstein, según el cual el espacio se deforma, la radiación electromagnética sufría un cambio de dirección. Durante el eclipse de 1919 pudieron verlo con una fotografía desde Tierra”, confirma a El Confidencial Juan José Curto, profesor del Departamento de Geofísica del Observatorio del Ebro, adscrito a la Universitat Ramon Llull y al CSIC. Allí saben bien que los eclipses contribuyen a la ciencia: nacieron durante uno de ellos. El observatorio que nació con un eclipse L'Observatori de l'Ebre se creó en 1904, pero su puesta de largo científica se postergó un año. El motivo estaba claro. En 1905, un eclipse solar total pasó por Tortosa (Tarragona), donde está el centro de investigación. Su nacimiento no podía estar ligado a un momento más propicio. “El observatorio se concibió con una idea bastante clara y avanzada en su tiempo: estudiar de qué manera el Sol influye en la Tierra. Era muy incipiente y ahora es de plena novedad, porque en la sociedad tan tecnológica que tenemos estamos a merced de la actividad solar”, cuenta Curto, que también es responsable de Cultura Científica del centro. La energía del Sol que llega a la Tierra produce cambios tan grandes que telecomunicaciones y satélites pueden sufrir e incluso quedar totalmente KO. “Una gran tormenta solar sería un caos total”, alerta. Curto, especializado en el estudio del geomagnetismo, la ionosfera y el clima espacial, ha trabajado en proyectos para evaluar la vulnerabilidad de la red eléctrica nacional y estudiar las corrientes inducidas que pueden destruir los transformadores de alta tensión. Es solo un ejemplo de lo gestado en 121 años. Vista del Observatorio del Ebro en 1921, creado con el objetivo de ver cómo el Sol influye en la Tierra. (Josep Salvany i Blanch) El eclipse de 1905 y la apertura del observatorio fueron el pistoletazo de salida a más de un siglo de investigación. En este tiempo mucho ha cambiado, sobre todo los instrumentos que utilizan, pero el propósito es el mismo. Para el eclipse de hoy, a su ristra de telescopios han añadido uno que visualiza la cromosfera, una capa delgada y rojiza de la atmósfera del Sol, gracias a un filtro de hidrógeno alfa. “Normalmente hacemos la fotografía diaria de la fotosfera, que es donde están las manchas, pero por encima está la cromosfera, situada entre la fotosfera y la corona, que no la vemos normalmente”, detalla. También tendrán otros aparatos, como ionosondas, receptores GNSS y magnetómetros de alta precisión. Con esas observaciones intentarán desentrañar las complejas relaciones electromagnéticas entre el Sol y la Tierra. Un eclipse no solo apaga la luz visible, también interrumpe de forma brusca las radiaciones que ionizan la alta atmósfera. Por eso, para científicos de la línea de Curto, un eclipse solar es un laboratorio a escala planetaria que permite comprobar la exactitud de los modelos físicos con los que habitualmente estudian el entorno espacial de nuestro planeta. “Si sacas un dato inesperado que no se corresponde con la previsión del modelo, ya puedes empezar a investigar”, señala. Así lo hizo en el eclipse parcial de 1999. A partir de sus mediciones, propuso un modelo sobre cómo se comporta la ionosfera y las corrientes en la zona dínamo que producen una variación magnética en la Tierra. Lo cotejó con las observaciones magnéticas del eclipse y voilà. “Este tipo de trabajos, aunque no sean tan rimbombantes como la teoría de la relatividad general, también ayudan a que la ciencia avance”, reclama. Telescopio solar del Observatori de l'Ebre. (Juan José Curto) ¿Qué espera conseguir hoy? “No creo que vayamos a hacer ningún descubrimiento o comprobación del estilo del helio o de Einstein, pero siempre hay lugar para nuevas comprobaciones y especulaciones. Unas fructifican y otras no. Así es la ciencia”, reconoce Curto. No es motivo para desanimarse. Como recuerda el investigador, en ciencia se avanza poco a poco, y se viaja del entendimiento de las cosas más obvias a las más específicas. Y aquí estamos. Este observatorio trabaja 24/7 los 365 días del año. Hoy, harán las mediciones habituales y muchas adicionales. Monitorizarán cómo reacciona la meteorología, el campo magnético y la ionosfera, “todas esas cosas que sabemos o intuimos que van a variar debido al eclipse”. Su plan de actividades, que incluye talleres, charlas y observaciones, movilizará a unas 1.500 personas. No vivirán otra oportunidad igual. Habrá que esperar 154 años a que otro eclipse solar total pase por las coordenadas del Observatori de l'Ebre. Por eso, esta tarde Curto y sus compañeros contendrán el aliento para que ninguna nube les arruine la fiesta científica. TE PUEDE INTERESAR Hay más centros pendientes de lo que pasará en el cielo. El Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) ha movilizado a investigadoras y personal técnico en múltiples localidades españolas, con epicentro en Palencia, desde donde coordinan el proyecto internacional NATE (North African Telescope Eclipse). Van a estudiar el brillo y la atenuación de la luz solar con una red coordinada de telescopios. El Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) y el Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC) también tienen previstas distintas actividades para recoger datos astrofísicos. Y todos los ojos, en concreto los de las televisiones, estarán en el Observatorio de Yebes, en Guadalajara, punto elegido por el Ministerio de Ciencia, que pondrá en marcha sus potentes radiotelescopios. La NASA y los sherpas del viento solar Para los científicos y científicas españoles era evidente la oportunidad, pero en el extranjero llevan años sabiendo que este 2026 tocaba viajar a España. Lo que quizá no sabían es que acabarían trabajando desde zonas donde apenas se cruzarán con nadie más. Este es el eclipse de la España vaciada, porque es en los pueblos de comunidades como Castilla y León o Aragón donde mejor se disfrutará la totalidad, gracias a cielos que se esperan despejados y a horizontes limpios, lejos de los edificios altos de las ciudades. La NASA lo sabe, y por eso ha elegido un pueblo burgalés para seguir el fenómeno. "Los fenómenos de eclipse desempeñan un papel importante en la astrofísica" Una treintena de investigadores de la agencia espacial estadounidense y del Exploratorium de San Francisco han recalado en Villalibado, un pueblo que estuvo más de treinta años deshabitado. Allí en unas horas estudiarán el eclipse y lo retransmitirán en directo para que se pueda ver en cualquier parte del mundo. Para ello han instalado tres telescopios, con diferentes filtros para tomar datos de la evolución del Sol, en la explanada de la iglesia. Los equipos y ordenadores están dentro del templo del siglo XII, algo insólito para los norteamericanos, según contaron a EFE. TE PUEDE INTERESAR También en una localidad de Burgos, en Padilla de Abajo, están los sherpas del viento solar, un equipo internacional de investigadores y exploradores que viaja por todo el mundo persiguiendo eclipses solares totales para estudiar la corona solar. Saben que es un escenario que no se puede emular. “En la corona se producen inestabilidades del plasma en condiciones que, por el momento, no se pueden reproducir en los laboratorios terrestres. Estas inestabilidades podrían desempeñar un papel fundamental en los fenómenos solares”, explica a este periódico la astrofísica Shadia Habbal, profesora en el Instituto de Astronomía de la Universidad de Hawái y fundadora de los Solar Wind Sherpas. Habbal, también física y matemática, subraya que los fenómenos de eclipse desempeñan un papel absolutamente crucial en la astrofísica. Además, la alineación cósmica de hoy coincide con un periodo de alta actividad solar. Investigadores y cazadores de eclipses coinciden en que cada uno es único y especial. Si ninguna nube lo fastidia, y más allá de lo que piensen escépticos y negacionistas, hoy en España se hará mucha y muy buena ciencia.
Un eclipse probó la gran teoría de Einstein y descubrió el helio. Esto se persigue con el de hoy
España es el epicentro astronómico mundial, un escenario perfecto para hacer ciencia. Si en el pasado se lograron hitos mayúsculos, hoy científicos e investigadoras de todo el mundo intentarán conocer más del Sol, su campo magnético y el clima espacial















