Durante los años dorados de la globalización, al principio de este siglo, el argumento preferido por muchos para defender la integración económica era político, ni siquiera económico. Se suponía que la globalización iba a acercar los sistemas autoritarios a las democracias en la medida en que, al compartir los países intereses comunes —junto a las liberaciones económicas—, ese proceso debería favorecer el entendimiento entre las naciones y, por lo tanto, allanaría el terreno a la democracia. No era un razonamiento sin solidez intelectual. La literatura económica ha encontrado evidencias de que los países económicamente más cerrados y, por lo tanto, menos abiertos comercialmente tienen mayor propensión a convertirse en autocracias, y viceversa.
Ese argumento, sin embargo, apenas se ha cumplido y, de hecho, lo que se ha producido es un deterioro de la calidad de muchas democracias. Hoy, sin embargo, lo que se ha llamado hiperglobalización llega a su fin. Fundamentalmente, a causa de los aranceles y por la imposición por parte de muchos gobiernos de restricciones al libre comercio. Y EEUU y China reflejan con claridad este estado de la cuestión. Se puede decir, de hecho, que las relaciones entre Pekín y Washington han entrado en una nueva fase desconocida desde al menos el año 2001, cuando China se adhirió a la Organización Mundial del Comercio (OMC).
















