La guerra ha revelado que las rutas comerciales marítimas ya no son el sustrato sobre el que se construyó la mundialización de la economía

Durante meses, el debate económico global ha estado monopolizado por los aranceles de Donald Trump. Las cifras circulaban con precisión casi científica: un 25% aquí, un 145% allá, represalias chinas, exenciones selectivas y un goteo de incertidumbre que ha erosionado la confianza empresarial en todo el mundo. Comprensible. Pero hay algo mucho más grave que los aranceles, algo que

-03-16/lo-que-iran-significa-para-la-economia-global.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/opinion/2026-03-16/lo-que-iran-significa-para-la-economia-global.html" data-link-track-dtm="">el conflicto con Irán ha puesto sobre la mesa con una claridad que no deberíamos ignorar: la posibilidad de que el comercio mundial deje de fluir, simplemente, porque los barcos no puedan navegar.

La libertad de navegación —freedom of navigation, en la terminología estratégica anglosajona— es el principio que hace posible que el 90% del comercio mundial se mueva por mar. Ha sido, desde 1945, una garantía estadonunidense. No en el sentido de que Washington la concediera graciosamente, sino en el sentido de que la potencia hegemónica tenía la capacidad y la voluntad de imponer ese orden: ningún actor regional podía controlar unilateralmente una ruta comercial crítica sin enfrentarse a consecuencias. Ese sistema, con sus imperfecciones y sus injusticias, era el sustrato invisible sobre el que se construyó la globalización.