El mundo baila al ritmo de la imprevisibilidad que resuena desde Washington. La guerra arancelaria iniciada por Donald Trump ha traído de vuelta viejos fantasmas de tensión e incertidumbre que, al menos en el plano comercial, parecían superados. El presidente estadounidense ha puesto en marcha una batería de aranceles que golpean indistintamente a socios y rivales, con la promesa de reducir el déficit comercial, devolver músculo a la maltrecha industria nacional y que el Cinturón del Óxido vuelva a brillar. Pero, al menos a la vista de los datos disponibles hasta ahora, la batalla está lejos de lograr su objetivo. Los efectos se traducen más bien en un cóctel de ruido, incertidumbre y movimientos estratégicos que empiezan a azotar de manera desigual a cada país, pero sin terminar de afinar la sacudida. Aunque ya se hacen notar, apuntan a una reconfiguración de las relaciones comerciales globales, de las que previsiblemente nadie saldrá como claro ganador.

El balance comercial entre enero y junio, que muchos países han difundido durante este mes de agosto, es el primer gran termómetro a examinar desde que se anunciaron las tarifas. Por el momento, refleja un doble efecto distorsionador: el adelanto de exportaciones en el primer trimestre, cuando las empresas intentaron colocar sus productos por el temor a los mal llamados aranceles recíprocos; y el parón posterior, en el segundo trimestre, cuando los vaivenes estadounidenses congelaron decisiones y generaron un clima de espera.