Ya con más de un año transcurrido desde el llamado Día de la Liberación, el 2 de abril del 2025, cuando Donald Trump anunció la imposición de aranceles draconianos a casi todo el mundo, es fácil pensar que las consecuencias no han sido tan graves como se preveía.El alter ego del presidente, TACO (“Trump Always Chickens Out”– Trump siempre se echa para atrás) pronto intervino y gran parte de los impactos fueron moderados. Una serie de acuerdos entre EE.UU. y economías como Japón, la Unión Europea, el Reino Unido y Corea del Sur permitieron que Trump anunciara la victoria. Aunque el arancel medio estadounidense ronda ahora el 8% –con su impacto inflacionista ya como factor electoral preocupante–, ha tocado techo. Las amenazas de imponer aranceles del 50% al 125% en abril del 2025 ya parecen lejanas. Tras el colapso de los mercados y la crisis de bonos del Tesoro estadounidense en abril del 2025, que provocó de forma sorprendente una fuga desde el dólar, se produjo una recuperación solo mermada por la guerra en Irán.El crecimiento mundial no ha frenado en seco y una rápida resolución de la guerra en Irán que desbloquee el estrecho de Ormuz permitiría disipar el espectro de la estanflación y abrir otra fase alcista en los mercados bursátiles. De ahí la extraordinaria noticia de que, en medio de dos guerras cinéticas y la guerra comercial, el índice Standard & Poor’s alcanzó un récord histórico el martes –tras haber registrado su mayor caída desde la crisis financiera del 2008 después del anuncio de los aranceles de abril del 2025– por el optimismo respecto a un acuerdo entre EE.UU. e Irán.Pero el economista y director del Centre for Economic Policy Research (CEPR) de Londres, Richard Baldwin, plantea una tesis más preocupante sobre las consecuencias a largo plazo de la ofensiva arancelaria de Trump. “Mucha gente define lo ocurrido como una simple guerra comercial entre EE.UU. y China, y eso es un error. No se trata de una guerra comercial al uso. Es una guerra contra el comercio por parte del país más grande del mundo y las reacciones del segundo país más grande del mundo”, dijo en una entrevista con La Vanguardia .El enfrentamiento entre EE.UU. y China ha convertido el comercio en un arma –léase weaponization– sin precedentes en tiempos de paz, según Baldwin. “Esto no va a desaparecer”, advierte, porque el casus belli es estructural e histórico. En EE.UU., décadas de destrucción de empleo manufacturero y salarios estancados han generado resentimiento social canalizado contra China y la inmigración. En China, Xi Jinping alimenta el nacionalismo en busca de compensación por “el siglo de humillación” colonialista. Trump y Xi se reunirán la semana que viene en Pekín, pero resulta imposible imaginar un nuevo modus vivendi comercial como el pactado en 2018 tras el primer pulso durante la primera Administración Trump.China salió reforzada tras el pulso de abril y mayo del 2025, desplegando controles sobre las exportaciones de imanes de tierras raras que golpearon en cuestión de semanas la manufactura de productos industriales, desde automóviles a robots, drones o teléfonos inteligentes, además de equipos militares. Hace exactamente un año, Ford tuvo que cerrar su planta del Explorer 4x4 en Chicago por la falta de esos imanes.La UE y Mercosur llevan 20 años tropezando por fricciones agrícolas. Pero el acuerdo salió adelante cuando se convirtió en una cuestión geoestratégicaLo ocurrido demostró que la Administración Trump “no entendía cómo funciona la industria estadounidense en el siglo XXI, dependiente como es de cadenas de suministro internacionales”, dice Baldwin, que acaba de presentar su nuevo libro Trade World War (Guerra mundial comercial).Al mismo tiempo, los aranceles estadounidenses, al encarecer electrodomésticos o juguetes, empezaron a golpear el bolsillo de la base electoral del propio Trump. Scott Bessent, secretario del Tesoro, resumió el pensamiento mágico de la Administración al afirmar que “el acceso a bienes baratos no es la esencia del sueño americano”, una afirmación que, como Baldwin ironiza, pronto se desmintió con la caída en picado de Trump en las encuestas: “El mensaje chocó con la realidad y la realidad ganó”. China, en cambio, respondió arancel por arancel y mostró que “tenía la voz cantante en las batallas arancelarias”. En el llamado “TACO chino”, Trump acabó incluso rebajando restricciones heredadas de Joe Biden.Tras la caída del paradigma de globalización liberal, “la geopolítica ya tiene prioridad sobre la lógica comercial”. De ahí el uso de terminología bélica en el análisis de Baldwin. Existe un “dilema de seguridad” entre EE.UU. y China en el que cada uno interpreta las medidas defensivas del otro –la reindustrialización estadounidense o las estrategias industriales chinas– como actos de agresión. Pero en el conflicto comercial del 2025, China mostró “dominio de escalada”, es decir, “la capacidad de elevar la presión, absorber el dolor durante más tiempo y forzar al adversario a rendirse”.Fotografía tomada el 11 de marzo del 2026 y difundida por la Armada Real Tailandesa, donde se muestra el humo que se eleva de un granelero tailandés cerca del estrecho de Ormuz tras un ataque AFPSi se normaliza la instrumentalización del comercio entre EE.UU. y China, otros países reaccionarán. “La idea de utilizar exportaciones e importaciones como arma para coaccionar ya será habitual”, advierte Baldwin. “Y, como hemos visto a lo largo de la historia, cuando muchísima gente se prepara para ir a la guerra, el mundo se convierte en un lugar más frágil”.Entre tantos anuncios y marcha atrás, los derechos de aduana de EE.UU. ahora rondan el 13%Cada vez es más evidente el cruce entre guerra comercial y guerra real. Los bloqueos navales de EE.UU. contra Venezuela y Cuba o las amenazas sobre el canal de Panamá convierten el comercio marítimo en un arma estratégica. Incluso el bloqueo del estrecho de Ormuz por Irán forma parte de este nuevo paradigma de instrumentalización del transporte marítimo. Baldwin habla de “una diplomacia del cañonero con aranceles en lugar de buques de guerra”, en referencia a los acuerdos relativamente favorables para EE.UU. con Japón, la UE, el Reino Unido y Corea del Sur.Ya hay señales de proliferación de nuevos puntos de “estrangulamiento” comercial. El ministro de Finanzas de Indonesia planteó en marzo que, tras el cierre de Ormuz, Indonesia podría cobrar peajes de navegación en el estrecho de Malaca, “mucho más importante para la economía mundial que Ormuz”, dice Baldwin. “Por allí transita una gran parte de las mercancías chinas y un tercio de las mercancías mundiales”. La propuesta fue descartada poco después, pero Baldwin subraya que “habría sido absolutamente impensable hace unos años”. Existe un “entorno permisivo” para que se expandan los controles de exportación y del transporte marítimo.Baldwin habla de “una diplomacia del cañonero con aranceles en lugar de buques de guerra”Pese a esta proliferación de armas comerciales, también hay señales de que otras economías –desde la UE a Brasil, Canadá o Australia– buscarán acuerdos al margen de los dos gigantes. Baldwin aplica su teoría del “dominó de liberalización comercial” al momento actual. Un buen ejemplo es el acuerdo entre la UE y Mercosur. “Llevaban 20 años negociando y siempre tropezaban por las fricciones agrícolas. Pero cuando se convirtió en una cuestión geoestratégica, en la necesidad europea de alinearse con socios más previsibles y basados en normas, salió adelante”, explica.Aunque Estados Unidos quede al margen de estos acuerdos mientras China emerge como ganador de la primera fase de la guerra comercial mundial, Baldwin no ve un colapso rápido del poder estadounidense. “Estados Unidos sigue siendo la potencia hegemónica mundial en garantías militares y de seguridad. Y el dólar, aunque esté en declive a largo plazo, se beneficia de un efecto de aglomeración económica muy poderoso. No creo que eso vaya a desaparecer de inmediato. En términos de liderazgo económico, sin duda, EE.UU. ha dado un paso atrás y China, un paso adelante. Pero China no puede sustituir a EE.UU. como potencia mundial. Los chinos, en todo caso, no están interesados en convertirse en una superpotencia global al estilo estadounidense. Creo que quieren controlar, como han hecho históricamente, su región. Vivimos en un mundo de incertidumbre radical. No sabemos hacia dónde vamos. Pero no veo a Estados Unidos hundiéndose del todo por culpa de la World Trade War ”.La terminología de guerra se traslada a la economíaEn el nuevo paradigma posneoliberal, “la geopolítica ya tiene prioridad sobre la lógica comercial”, aseguraría Richard Baldwin, y la terminología de la guerra se incorpora al análisis económico.Dilema de seguridad, un término sacado de los manuales militares, en el cual cada uno interpreta medidas defensivas como actos de agresión. Esto provoca una espiral de desconfianza, tensiones y carreras armamentísticas. Es muy común en la relación entre Rusia y la OTAN, cada uno interpretando medidas supuestamente defensivas como provocaciones. Aplicado a la guerra comercial mundial de Baldwin, el deseo estadounidense de recuperar su industria manufacturera reduciendo la presencia china se percibe como una provocación en Pekín. Asimismo, Occidente interpreta el uso del Estado chino en políticas industriales diseñadas para potenciar empresas chinas como un acto de agresión contra las empresas estadounidenses o europeas. Todo esto crea una dinámica de escalada en la guerra económica.Dominio de escalada, otro término militar que se refiere a un conflicto en el cual una de las partes tiene la capacidad de aumentar la intensidad del enfrentamiento (escalarlo) hasta cualquier nivel, lo que obliga al adversario a reducir la tensión o a hacer frente a mayores costes. Se utiliza con frecuencia en las guerras en Ucrania e Irán. Significa, en el nuevo entorno de economía de guerra, “la capacidad de un país para elevar la presión, absorber el dolor durante más tiempo y forzar al adversario a rendirse”, dice Baldwin. China tiene ese dominio frente a EE.UU., ya que ha mostrado una capacidad de aguantar en los pulsos con Trump.Weaponization(instrumentalización como arma): la capacidad para bloquear puntos estratégicos para el tráfico marítimo, así como las sanciones financieras, sirven como armas en la guerra económica.Diplomacia del cañonero (gunboat diplomacy). Las amenazas de Trump respecto a la adopción de aranceles prohibitivos u otros castigos comerciales desempeñan el mismo papel que las maniobras de intimidación en el Caribe de la US Navy a principios del siglo XX. “Se trata de política comercial con cañoneros, usando aranceles en lugar de buques de guerra”, explica Baldwin.
El comercio mundial se convierte en arma de guerra
De los aranceles a Ormuz, el economista Richard Baldwin explica cómo las relaciones comerciales se viven ahora en clave geopolítica y de poder








