La confrontación entre las dos superpotencias llegará a ser el conflicto principal de los próximos años

Capitalismo de Estado (intervención pública en el mundo empresarial), proteccionismo (aranceles), amenazas constantes a la libertad de expresión, imperialismo en busca de nuevas materias primas con las que consolidar su hegemonía, una especie de ejército personal del presidente en las calles de las ciudades buscando inmigrantes, presiones del Ejecutivo a las otras instituciones (intentos de desbancar al presidente de la Reserva Federal para que el próximo sea más dócil y baje los tipos de interés), domesticación de las universidades, liquidación de los acuerdos multilaterales que permiten luchar contra el cambio climático, desmantelamiento de la ayuda al desarrollo, etcétera.

Hace meses apenas nadie identificaría a EE UU con características geopolíticas como las anteriores. Y, sin embargo, así es. Muchas de ellas semejan más propias del “comunismo de mercado” de la China de Xi Jinping. Este país, mientras tanto, se presenta como campeón del multilateralismo, de la globalización, declara su voluntad de cooperar con todos los países del mundo (con muchos, a través de la ruta de la seda), trata de completar su Lebensraum (espacio vital) con la incorporación de Taiwán, etcétera. Según una encuesta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, titulada Cómo Trump está haciendo grande de nuevo a China, y trabajada por politólogos tan notables como Ian Krastev, Timothy Garton Ash y Mark Leonard, hay muchos países en los que amplios porcentajes de su población (más del 70%) consideran que en la próxima década China ganará más influencia, mientras que EE UU la perderá. La percepción de China es cada vez mejor. Es como si EE UU se estuviera convirtiendo en China, y viceversa. Es el país asiático quien más se beneficia de la agresiva política exterior de Trump (el sondeo, sobre más de 25.000 personas, está elaborado antes del bombardeo de Venezuela y secuestro de Maduro, y las amenazas a Cuba, Irán… y sobre todo a Groenlandia), mientras que los aliados tradicionales de los americanos, sobre todo los europeos, toman distancia respecto a los primeros porque ya no los consideran un aliado fiel.