El mundo sufre un gigantesco forcejeo de potencias para la plasmación de un nuevo orden global. La ofensiva de Donald Trump para impulsar su agenda de América Primero, con la guerra arancelaria como epicentro, es un acelerador de partículas en ese contexto, uno que está dejando expuesta la cruda realidad de las relaciones de fuerza a escala internacional. En ella, Estados Unidos y China destacan como superpotencias a enorme distancia de los demás, entre los cuales muchos emiten señales de sumisión, y otros de resistencia ―pero desde categorías de poder muy inferior―.
Estados Unidos ha exhibido en estos meses su poderío imponiendo de forma avasalladora aranceles en medio planeta, exigiendo abruptas subidas de gasto militar a aliados muy dependientes, bombardeando Irán con una operación que nadie más podía desempeñar de esa manera, colocando a dos de sus extraordinarias empresas tecnológicas (Nvidia y Microsoft) más allá del umbral de los cuatro billones de dólares en términos de valor de capitalización bursátil.
Ante el ímpetu de la ofensiva trumpista, China ha demostrado su propio poderío con restricciones a las exportaciones de materias primas estratégicas que han provocado escalofríos en los mercados globales. Su resiliencia en medio del vendaval ha quedado plasmada la semana pasada en una significativa revisión al alza de sus perspectivas de crecimiento para este año ―del 4% al 4,8%―, según el Fondo Monetario Internacional. El músculo asombroso de su industria dopada por subsidios sin parangón golpea brutalmente a sus competidores. Los logros tecnológicos ―como el modelo de lenguaje DeepSeek, lanzado justo en coincidencia con la inauguración de Trump―, son cada vez más elocuentes. La indiferencia ante las peticiones europeas ―por ejemplo, para que frene el respaldo a la economía rusa, sin el cual la invasión de Ucrania no podría seguir en su intensidad actual―, también.






