Actualizado a las 20:19h.
La visita de Donald Trump a Pekín ha sido presentada por la Casa Blanca como un éxito diplomático y comercial de primer orden. Entre promesas de compras agrícolas, hipotéticos pedidos de aviones Boeing no confirmados por Pekín y anuncios sobre cooperación energética o inteligencia artificial, Washington ha intentado transmitir la imagen de un reinicio comercial con China tras años de tensiones arancelarias y tecnológicas, provocadas por el presidente estadounidense. Sin embargo, bajo el lujoso ceremonial asiático desplegado por Xi Jinping se ha desarrollado algo muy distinto: una negociación áspera sobre los límites de la rivalidad estratégica entre ambas potencias.
La propia escenografía del viaje revela esa ambivalencia. Trump acudió acompañado de los grandes nombres del capitalismo estadounidense –Apple, Nvidia, BlackRock, Tesla o Boeing– en una demostración de que la interdependencia económica entre Estados Unidos y China sigue intacta pese a la retórica del desacoplamiento de los últimos años. Pekín, por su parte, ofreció una recepción imperial destinada a exhibir estabilidad, continuidad y control político. Pero ni siquiera los comunicados oficiales coincidieron en lo esencial. Mientras la Casa Blanca habló de acuerdos concretos y avances económicos, China insistió en una fórmula mucho más significativa: la construcción de una «estabilidad estratégica» para los próximos años.











