La visita de Estado de Donald Trump a China no fue una cumbre más. Tampoco fue simplemente una reunión bilateral entre las dos mayores economías del planeta. Lo que ocurrió en Beijing durante estos días expresa algo mucho más profundo: el intento de administrar una transición histórica del poder mundial en un contexto internacional marcado por guerras, fragmentación económica, disputa tecnológica y creciente incertidumbre global. En ese marco, el dato más importante no fue la firma de grandes acuerdos espectaculares, sino la consolidación de un nuevo concepto político impulsado por Beijing: la “estabilidad estratégica constructiva” entre China y Estados Unidos. La formulación, impulsada por Xi Jinping, representa probablemente el intento más sofisticado hasta ahora de construir un nuevo paradigma de coexistence entre grandes potencias en el siglo XXI. Su lógica es clara: aceptar que la competencia estratégica existe y seguirá existiendo, pero evitar que derive en una nueva Guerra Fría total o en una ruptura sistémica del orden mundial.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.











