9 de agosto, 2026 - 07h00Ahora recuerdo los viajes de la infancia a la playa. Subir y bajar por la cordillera serpenteando entre paredes de roca y precipicios poblados de una vegetación misteriosa. De repente caía la noche, la niebla se enredaba en las ramas, las peñas, los ojos y el alma. Me entristecían siempre esos atardeceres andino-tropicales observados en silencio desde la ventana del carro, con la frente pegada al frío cristal, las gotas corriendo por el parabrisas, los camiones y buses resoplando cuesta arriba, bramando cuesta abajo. Yo era una niña y la muerte era aterradora pero imposible, un cuento de hadas que una cree solo a medias, así que el frenazo en plena curva a punto de estrellarnos contra una Reina del Camino, el motor fundido en medio de la nada, las cruces con nombres y fechas al borde de la carretera no eran más que escenas de un paisaje que vivirá en mi memoria hasta que venga la muerte a probarme su existencia. Pasábamos la Cara del Diablo y alguien comentaba que tenía la nariz del presidente, ese que la gente sospechaba era nuestro pariente por el apellido compartido. Llegábamos poco después al parador, donde al abrir la puerta nos abrazaba ese aire costeño denso y dulce que nos amodorraba y abría el apetito. Comíamos arroz con pollo, usábamos el baño y continuábamos el camino ya sin detenernos hasta llegar al mar. Año tras año la misma historia, el mismo paisaje, los mismos nombres de los pueblos que parecían consistir en una sola calle donde toda su población vendía frutas, dulces, ropas y boyas de colores. Fue en la playa donde descubrí el amor y también que el cebiche era mi comida favorita, seguido de la cazuela, el corviche y el encebollado. Soy una serrana enamorada de la Costa quizá porque mi padre, hijo de riobambeño y quiteña, nació en Manabí y allí pasó su infancia, arrullado por el mar. Era julio y agosto en la Sierra cuando hacíamos las maletas y nos íbamos a Manta o Salinas, donde con o sin sol gozábamos del sabor del mar. Recuerdo los helados Top Cream que había en el malecón cuyo local de colores pasteles era el sinónimo mismo de esa felicidad que otras veces se manifestaba en forma de helados gemelos o empastados comprados al heladero que recorría la playa con su carrito tocando la campana mientras los niños rogábamos a los adultos por unos sucres. En Esmeraldas, en cambio, pedíamos dinero para que nos trenzaran el pelo esas mujeres que ofrecían transformarnos en reinas con melenas llenas de hilos y mullos de colores que semanas más tarde, al deshacerse, daban a nuestra cabellera un volumen que jamás había conocido nuestro plácido pelo andino. Eran felices las vacaciones de verano hasta que un día se terminaban. Volvíamos a la Sierra, a su manto de nubes, sus noches heladas, sus montañas imponentes que nos acurrucaban en su silencio. Volvíamos a los útiles escolares siempre demasiado caros, a los uniformes usados y heredados de los primos, al primer día de escuela tras una noche de nervios por volver a ver a los compañeros, conocer a la nueva profesora, descubrir en qué se había convertido el mundo mientras estuvimos ausentes jugando a ser sirenas y gaviotas y espuma de mar. (O)