Poco después de haber cruzado la frontera para exiliarse, Antonio Machado moría en una pensión de Colliure. En el bolsillo de su abrigo, su hermano José encontró el último verso del poeta. “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Puede hacernos pensar en los veranos de nuestra niñez, donde un día parecía contener una vida entera. Algo que contrasta con la pobreza temporal de los adultos, para quienes las vacaciones pasan como un suspiro, a veces acompañado de cantidades ingentes de estrés.

¿Existe alguna manera de volver a ese lento “sol de la infancia” que vimos en películas como Moonrise Kingdom, de Wes Anderson, o en la mítica serie Verano azul?

Tenemos al menos dos formas de intentarlo.

La primera es, aunque parezca paradójico, dejar de gestionar el tiempo. Es decir, al menos en vacaciones, renunciar al impulso de aprovecharlo, fragmentarlo, optimizarlo. Esta es una de las ideas del ensayo Cuatro mil semanas —la media de una vida humana—, del periodista británico Oliver Burkeman. En sus propias palabras: “Cuanto más intentas gestionar tu tiempo con el objetivo de lograr una sensación de control total (…) más estresante, vacía y frustrante se vuelve tu vida”.