Lo cantaban Sonia y Selena en Yo quiero bailar (2001), ese tema con arreglos de trompeta que las convirtió en leyendas del eurodance español: “Cuando llega el calor, los chicos se enamoran”. Es el epítome del mensaje de los éxitos estivales: cuando llega el calor, te pasarán cosas importantes. Y buena parte del mito universal del verano, construido a partir de unos códigos y ritos que se remontan a la Antigüedad. Shakespeare, por ejemplo, también desarrolló una idea parecida (la pérdida transitoria del autocontrol) en Sueño de una noche de verano, su primera obra, escrita alrededor de 1594. En ella, el inglés recogió tradiciones grecolatinas relacionadas con el solsticio y se inventó unas hadas que confunden y obnubilan a sus personajes durante la Noche de San Juan.

Pero para participar de la ilusión del verano no es necesario enamorarse o vivir dentro de un confuso carnaval shakesperiano: basta con haber planeado un viaje, con tener varios días de vacaciones o, simplemente, con salir a pasear durante las tardes más largas, cuando huele a jazmín y a dama de noche. Aunque muchos de los estímulos que recibimos durante estas semanas no sean más que incitaciones al consumo, a finales de junio el verano nos atraviesa a todos como un hechizo cargado de promesas.