Raffaella Carrà lo tenía claro: “Para hacer bien el amor hay que venir al Sur”. Ella, por cierto, era del norte. La cantante lanzó este clásico de las verbenas en 1978, justo cuando más brillaban algunos destinos del Mediterráneo español como Marbella, La Manga del Mar Menor o Torremolinos. Entonces, todo lo que hoy nos parece kitsch o camp era una novedad, y muchos trabajadores accedían a sus primeras vacaciones convencidos de que las provincias más meridionales de España, fueran o no el mejor sitio para lo que proponía la canción, sí que serían un buen lugar para bañarse y pasear. Especialmente, en comparación con las gélidas playas del Cantábrico (o con la alternativa más realista: otro verano en un pueblo de interior). Siete años más tarde, el grupo asturiano de punk Ilegales (tan lejos de Carrà en lo estético, aunque no en lo político) lanzaba un mensaje sobre el Norte capaz de espantar a cualquiera, y es que Jorge gritaba que por allí arriba todo está lleno de sangre y frío y “siempre llueve en domingo”.
Como han señalado filósofos y sociólogos (de Antonio Gramsci a Enrique Dussel), el norte y el sur no son solo referencias geográficas, sino que además funcionan como coordenadas culturales y económicas. Durante décadas, más allá de paisajes, climas y realidades sociales, esta oposición entre lo septentrional y lo meridional se ha construido a través de canciones, películas, anuncios y otros discursos que han marcado qué tipo de vida y qué costumbres asociamos a cada latitud. La manera de vivir el verano dentro de nuestro país no es una excepción y, en el mejor de los casos, el tópico indicará que un verano norteño puede ser sofisticado y tranquilo, mientras que su equivalente al sur sería apasionado y placentero; en el peor, asociará el primero con mal tiempo y aburrimiento y el segundo con calores sofocantes y vulgaridad.






