Al dios del turismo siempre le hemos rendido un culto vergonzante. Pasados los años cincuenta, el Mediterráneo español se iba a convertir en contenedor de los veranos de unas clases medias nacionales y foráneas dispuestas a disfrutar de uno de los inventos del siglo: las vacaciones pagadas. Para algunos, aquello destrozó la costa; para otros, democratizó el mar. En realidad, hizo parcialmente las dos cosas, lo que sin duda cuadra con un fenómeno turístico que lleva en su sangre dialéctica el cabalgar contradicciones. El propio Franco iba a tener que cabalgarlas. Por aquellos mismos años cincuenta, el alcalde de Benidorm y el arzobispo de Valencia riñeron a propósito de la modestia en las playas. A propósito, en concreto, del biquini. El Régimen hizo el cálculo ponderado: ¿mantener la castidad de los buenos hijos del Levante o favorecer la entrada de las turistas —y sus divisas— al país? El resultado es conocido, y en España iban a nacer al mismo tiempo el biquini, el Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo del Estado y unos planes de ordenación urbana que, por ejemplo, convirtieron a Benidorm en Beniyork. Buena parte del esplendor y la miseria —¡las contradicciones!— de nuestra época están cifrados en aquella.
Hagan ustedes turismo
Pocas cosas mejores se habrán inventado que viajar, no ya para conocernos, sino para mezclarnos y soportarnos los unos a los otros






