Un debate sobre el modelo de ciudad que va del viajero romántico del pasado del pasado al cazador de la foto actual
Además de elevarlos, el rato de ascensor permite a sus ocupantes viajar a un paisaje común: la Costa Brava. Pero no a la de la gauche divine, escondida entre calas y recovecos del Cap de Creus. A la otra, la que sobrevive entre segundas residencias, turistas que exprimen la última gota de sangría y los locales, que trabajan para ellos. Los tres ocupantes del ascensor algún día pertenecieron a la última categoría: o pusieron copas para guiris achicharrados por el sol o les vendieron perfumes, souvenirs y cremas solares. ...
El encuentro se produce camino del espacio Mirador del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), donde se celebra el debate Presente y futuro del modelo Barcelona. Y uno de ellos es precisamente el ponente, José Antonio Donaire, comisionado de Turismo en Barcelona, y criado en Sant Feliu de Guíxols (Baix Empordà), como quien blande papel y boli en esta crónica. El tercero es un alto cargo del Ayuntamiento de Barcelona, con raigambre en Sant Antoni de Calonge.
Puntual, la charla empina la cuesta: ¿qué decir del turismo que no se haya dicho ya? Pero el periodista Miquel Molina y el geógrafo José Antonio Donaire eligen la senda alternativa de la ensoñación. “El turismo es una voluntad de horizonte”, define Donaire, que nada más empezar cita a Chesterton (“los adjetivos son el motor del lenguaje”). El turismo puede ser “urbano, responsable, sostenible”, aunque el riesgo es que algunas de esas definiciones “se fosilicen”. En un tiempo, además, de contradicciones: “Es el periodo con más turistas de la historia y en el que más personas reniegan del turismo”. Uno se puede reconocer como viajero, pero nunca, o pocas veces, como ese turista que tanto le molesta.






