Por circunstancias de la vida he acabado viviendo junto a uno de los monumentos más visitados del mundo: la Sagrada Familia. Esta vecindad ha tenido, al menos, dos consecuencias: la primera es que me ha convertido, sin pretenderlo, en testigo privilegiado de la evolución del turismo cultural que recibe Barcelona. La segunda que, sin pretenderlo, soy uno de los figurantes involuntarios, desenfocados, que aparecemos al fondo de miles de fotografías del monumento de ciudadanos de todo el mundo.

Siendo uno de los monumentos más particulares que existen, durante años las cámaras han sido una presencia constante alrededor del templo. Desde hace décadas, hay una legión constante de personas haciéndose fotos frente a la Sagrada Familia (a pesar de que su altura obliga a realizar un furioso contrapicado), pero con la incorporación de las cámaras a los teléfonos móviles y la llegada de las redes sociales, algo ha cambiado. Se aprecia en la cantidad de personas que, más que mirar la iglesia, invierten el tiempo que tienen para estar allí en “producir” algún tipo de contenido destinado a sus redes sociales. Si las imágenes que tomamos están destinadas a una audiencia que no somos nosotros, si dejan de ser un recuerdo, entonces, ¿qué son? Es como si existiese una nueva forma de “consumir” cultura: rápida, compulsiva, hipervisual, en la que el viaje parece diseñado no para ser vivido, sino para ser compartido.