El auge histórico de estas instalaciones responde a una combinación de crisis climática, oportunidad económica y competencia simbólica entre las grandes ciudades
A vista de pájaro, Barcelona semeja un cuadro abstracto de Mondrian que ha perdido un color. Pero ya lo recuperó: el verde. A una ciudad que le falta espacio, sólo existe un sitio donde pueda hallar su contacto con la naturaleza: los tejados de los edificios. Por eso proliferan esos lugares que, en ocasiones, son puros jardines. Cubiertas verdes las llaman los expertos. Basta con levantar la vista y ahí están. En el barrio tecnológico 22@, en Gracia o San Andreu. Cada comunidad autónoma, al tener transferidas las competencias, sigue sus propias reglas. Pero en esta ciudad con ventana al mar es obligatorio en obra nueva, y una comunidad de propietarios puede pedir 60.000 euros a fondo perdido e instalar ese color. Todo depende de la ambición. El precio medio ronda los 150 euros por metro cuadrado. Asequible.
En el estudio RCR (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta), con sede en Olot (Gerona), que junto con Rafael Moneo son los únicos españoles que han ganado el premio Pritzker, el más prestigioso que puede obtener en el mundo una oficina de arquitectura, tienen una interpretación propia. “La cubierta es devolverle a la ciudad parte del suelo que la edificación le arrebató”, explica un portavoz de la firma, que al ser un colectivo prefieren esta manera de identificarse. Aunque advierten. “No todas las cubiertas deben ser iguales: no todas las ciudades requieren la misma respuesta. La arquitectura no puede reducirse a un catálogo de soluciones sostenibles”.






