Durante décadas, las ciudades han domesticado la naturaleza a través de pavimento y asfalto, dejando un espacio reducido a árboles, plantas y biodiversidad. La emergencia climática obliga a replantear esta relación y apostar por las infraestructuras verdes urbanas: elementos naturales interconectados que ayudan a mitigar las temperaturas extremas. Para impulsarlos, los expertos apuestan por reverdecer las urbes siguiendo la regla del 3-30-300, sustituir pavimento y asfalto por suelos porosos que retengan agua, usar los solares vacíos para plantar árboles, impulsar los refugios climáticos y apostar por tejados verdes en los edificios públicos.
“Cuando hablamos de ecosistemas, solemos pensar en bosques o selvas”, se arranca Miguel Díaz Carro, responsable de Biodiversidad de la ONG Amigas de la Tierra. “Las infraestructuras verdes trasladan esa idea a la ciudad, donde no puede haber un bosque, pero sí elementos que configuran ese ecosistema, que puede incluir desde parques y jardines a huertos comunitarios u otros espacios naturales que permitan la conectividad de flora y fauna en la ciudad”, añade.
Juan Ortiz, director de la Fundación de Ecología y Desarrollo (Ecodes), explica: “Se llaman infraestructuras verdes por esa vinculación con las infraestructuras urbanas, pero realmente son estrategias para romper la brecha entre la naturaleza y el espacio urbano, es decir, para renaturalizar las urbes”. Joan Pino, director del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (Creaf), tercia: “Todos esos espacios verdes naturales aportan servicios ambientales, impulsan la biodiversidad y regulan el clima a escala local, reduciendo la temperatura”.






