Toda ciudad tiene un jardín moral. Un lugar que le recuerda a los hombres la complejidad viva sobre la que se organiza esta sopa urbanizada de edificios, calles y tráfico a motor. Un sitio cercado para el recogimiento, donde sucede el encuentro con lo exótico y lo salvaje. Un espejo de nosotros mismos con nuestros anhelos y nuestros temores. En Ourense, la pequeña y antigua ciudad episcopal de la Galicia interior, que los locales llamamos Auria recordando su pasado romano, este lugar singular es el jardín del Posío. Un buen trozo de tierra fundado a mediados del siglo XIX como un jardín experimental.

Para llenarlo de complejidad vegetal, trajeron centenares de especies exóticas del Jardín Botánico de Madrid en un viaje épico en carro de mulas. El Posío fue diseñado para el recreo y la conmoción y en él crecían palmeras canarias, mimosas de Japón, cedros y tilos fabulosos. Hasta hace poco, todavía correteaban por sus parterres los pavos reales. Era la misma idea de un jardín espiritual, un lugar para el reencuentro con la complejidad de los árboles. El parque se ha ido malogrando con los años. Las sucesivas intervenciones municipales lo han ido reduciendo en tamaño y riqueza. Uno de sus lados fue seccionado por una calle irónicamente llamada El Progreso. Después asfaltaron uno de sus caminos de zahorra y amputaron las farolas decimonónicas para sustituirlas por unas luminarias modernas, horribles y totalmente fuera de contexto. Dejaron morir la rosaleda y el paseo de palmeras se infectó del picudo.