Esta arteria madrileña, que refugió a la burguesía del caos urbano entre quioscos, arboledas y el teleférico, ha sido testigo este 2025 de varias aperturas que activan la alerta sobre un nuevo destino gastro

Cualquiera que haya visitado el madrileño parque del Oeste, el paseo por su rosaleda o la desembocadura en el jardín del Templo de Debod, imagina con cierta envidia a los vecinos de las viviendas que miran al parque, propietarios de unas vistas singulares a la Casa de Campo. Son los residentes del Paseo del Pintor Rosales, un tranquilo mirador de apenas 1,2 kilómetros de largo, que mantiene vivo su pasado burgués y respira aún ese sentimiento de barrio entre arboledas, alguna fuente y zonas infantiles.

Su menudo tamaño, sin embargo, no ha impedido el despegue de una estimulante ruta gastronómica más allá del ritual del aperitivo, que sustenta desde hace décadas. En unos meses, los paseos matutinos con el perro o la compra del pan de los lugareños se alternan con inauguraciones adheridas a su ya existente propuesta del paseo (y en sus aledaños) que hace recordar los comienzos del fenómeno Ponzaning. Una de ellas conduce al quiosco construido en 1907, en la esquina que traza el paseo con la bajada de Francisco y Jacinto Alcántara.