Si recorrer la urbe ha sido fuente de asombro y exploración de lo maravilloso, si por la ciudad camina un día Rosalía y otro 700 neonazis, ahora el tránsito provoca más bien desánimo y cabreo

Madrid está para caminarlo. No solo las conocidas calles del centro, las que salen en el Monopoly —y que algunos creen que son el Monopoly—, donde se apelotonan los hitos históricos, arquitectónicos, institucionales y los turistas, los cientos de turistas, los miles de turistas queriendo hacer turismo y llevarse un pedazo falsificado de la ciudad; sino también los más desconocidos distritos periféricos donde se amontonan cientos de miles de madrileños viviendo sus madrileñas vida...

s muy madrileñamente. Aunque tu llegas allí y uno te pregunta: ¿vienes de Madrid? Como si fuera otro mundo.

Viví tres años y pico donde el Senado, qué recuerdos —borrosos pero intensos, algo sórdidos—, en un extraño remanso de paz que, curiosamente, estaba a escasos tres minutos del bullicio de Callao, y me daba la impresión, como tanto se critica a los capitolinos, de que no había nada fuera de aquel puñado de calles, ni las noticias políticas, ni las encuestas callejeras de los programas de televisión, ni las grandes manifestaciones, ni la boda de los príncipes, ni los dramas de los personajes protagonistas del cine español.