¿Bailar por la calle? Suena fenomenal: recuperar el espacio público y utilizarlo de otra manera, expresarse con libertad dislocando el esqueleto, todo eso. Como en un anuncio de refresco. Viva la libertad, carajo.

Pero la realidad es más prosaica.

Existen unos paseos urbanos en los que un guía bailongo encabeza a una manada de turistas que va danzando (es un decir) por ahí, pisando fuerte las calles y las plazas, ante la mirada asombrada de los transeúntes, a los que, con frecuencia, entorpecen el tránsito. Parece que se lo pasan muy bien. Como llevan auriculares (menos mal) no se escucha lo que bailan: si ya es de por sí ridículo, eso lo hace mucho más. ¿¡Están locos o qué!?

El geógrafo Francesc Muñoz ha hablado de urbanalización, un término que alude a la homogeneización de las urbes en todo el mundo, pero que aquí encaja a la perfección: la banalización del espacio urbano con actividades como estas danzas silvestres que ni siquiera tienen que ver con la ciudad por la que discurren, que podrían darse en cualquier sitio (anda que no hay discotecas en Madrid para andar bailando por la calle Carretas), que con su tontería desprecian a la ciudad y a los habitantes, utilizando la urbe egoístamente para una diversión descontextualizada.