Cuando se crean eventos artificiales de la nada, basados en fórmulas de éxito importadas, la identidad local se diluye y los lazos que atan a las comunidades se aflojan
Esa ruta de tapas en ese pueblo en el que nunca se han servido tapas es una forma de gentrificación....
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Es domingo. No son ni las diez de la mañana y en el descampado detrás del colegio ya corretean una decena de pequeños grupos de vecinos. A mediodía, serán cuarenta. Cada grupo cocinará un guiso en cazuela a su gusto. En cada cazuela habrá la cantidad justa para alimentar a cocineros, familiares, amigos, y un poco más para repartir. Afanándose, andan arriba y abajo como hormigas obreras, entre coches y furgonetas mal aparcados. Trasiegan bombonas de butano, neveritas portátiles, garrafas de aceite, mallas de caracoles babeantes y madejas de metros de butifarra. A poca distancia, los operarios de la brigada municipal montan sillas y mesas en el pabellón polideportivo, a cobijo, por si llueve.
Jóvenes que una mañana de domingo como ésta la habrían pasado durmiendo la mona, a primera hora ya sofreían cebolla. Grupos de abuelas jubiladas que, como todo el mundo sabe, no disfrutan de lucirse con sus guisos, ni necesitan ser aplaudidas y homenajeadas, ni ansían sentir que lo que saben y hacen tiene valor y es digno de ser traspasado a las generaciones siguientes, dan consejos y responden a las dudas de los primerizos.






