Debe ser motivo de preocupación la homogeneización, la aculturación y el empobrecimiento del gusto que acompañan a buena parte de la oferta gastronómica

Vuelve a ser un viernes corriente. Ya estamos todos de nuevo, remontando nuestras vidas pequeñas, cuesta de enero arriba, con el táper bajo el brazo, camino a la oficina. No tenemos tiempo. “Los guisos de toda la vida se mueren”, nos dicen. Porque no estofamos ni sofreímos de lunes a viernes. Porque tiramos de precocinados. Ya nadie cocina como antes....

Pero, ¿cómo era la cocina antes?

Echo la vista atrás, a mi yo de antes, y me encuentro con que las paredes maestras de la cocina de mi casa eran las judías verdes con patatas, las acelgas con garbanzos, la sopa de ave con fideos con un poco de pastilla de Avecrem, la carne rebozada y las recomendaciones que leía mi madre en la revista Cuerpomente. En aquella época, todos los niños teníamos un hámster y una postura muy clara en el debate sobre si eran mejores los Donettes clásicos o los nevados. Carne era pechuga de pollo o chuletas. El lomo se comía entre pan y pan, con queso y en el bar. Pescado quería decir pescadilla y verano significaba pollo al ast los domingos.

Los menús de los días laborables eran combinaciones sencillas y nutritivas de patatas o legumbres y verduras hervidas, aliñadas con un chorro de aceite, seguidas de algo de proteína animal, porque comer sin cuchillo no era comer de verdad. Los fines de semana, esta base se animaba con algún arroz a la cazuela o algún guiso de carne con salsa. Es aquí donde, esporádicamente, aparecía el sofrito.