Los campeonatos de especialidades de moda que se consumen porque sí son el mejor ejemplo de la decadencia a la que se enfrenta la gastronomía española
Ponte que un día te levantas y sientes que tu sueño es ser un exitoso empresario. ¿Sector? No lo sé. ¿Vocación? Alguna habrá. ¿Motivación? Los dineros, claramente. Te pones a maquinar qué puedes hacer, qué negocio puedes abrir y cómo puedes llegar cuanto antes a poder llamarte CEO de algo. Y de repente se te enciende la bombilla. Hamburguesas. Pero no de esas de McDonald’s de un euro que parecen comida de militares, no. Hamburguesas… premium. Que un día fuiste al Goiko en 2017 y te maravillaste por tantas capas, sabores, ríos de queso, salsas, tamaños, precios faraónicos y nombres rimbombantes.
Además, has visto que es un negocio que funciona. Ves cómo cada semana que pasa hay un nuevo local de smash burgers, que siempre están a reventar de gente, y que encima pagan mucho y muy bien por sus suculentos bocados. No pierdas más el tiempo, ¡abre YA tu propia hamburguesería! ¿Cómo será esa hamburguesería? A ver, empecemos por el nombre. Difícil decisión, no sabes muy bien cómo captar el espíritu de tu pesetero negocio.
Pues gira la ruleta, coge una palabra que represente una cualidad o una emoción y simplemente aíslala sin ninguna trascendencia mayor. Luego, los colores. Uno chillón. Feo, incluso. Uno que digas, “Dios mío, ¡pero qué venden aquí!”. Gira otra ruleta, si total. ¿Y qué comunicación tendrá tu marca? ¿Agresiva? ¿Chula? ¿Buen rollo? ¿Lujo? Una cuestión muy importante, ya que tu empresa de hamburguesas tiene que hacer respetar su muy loable actividad.






