En los últimos años, la gastronomía viene sufriendo los azotes de muchas lacras, de la maduración de las carnes para convertirlas en el cuerpo incorrupto de san Isidro a la sobreexplotación hasta el empacho de la burrata, pasando por la omnipresencia de la torrija caramelizada de brioche, los tartares de todo lo tartareable o las vinagretas / salsas / postres de yuzu con olor a Ajax Pino. Sin embargo, existe una plaga que no es un producto ni una preparación, cuya capacidad para estomagar comienza a superar a todas las anteriores: los concursos de la mejor (inserte aquí cualquier plato popular de gran éxito).

La mejor pizza. La mejor hamburguesa. La mejor ensaladilla. Las mejores croquetas. De España. De Madrid. De Barcelona. De Murcia. De Navamorcuende de Valdecarábanos, que no existe, pero si existiera tendría también sus tres o cuatro competiciones. Pensábamos que no podría haber nada más cansino que los días mundiales de cosas comestibles, que hay varios cada 24 horas, pero tenemos una legión de cocineros, bares y restaurantes luchando por alzarse con un título que les ponga en el mapa del buen comer.

Examinemos por un momento la maquinaria de los concursos, un triángulo de beneficio equilátero con tres vértices: los negocios hosteleros participantes, las marcas patrocinadoras y los medios de comunicación. Los primeros logran visibilidad y, si se llevan el gato al agua, una subida importante de la facturación: todo el mundo quiere probar el mejor de lo que sea. Los patrocinadores también consiguen presencia, y si además producen o distribuyen ingredientes del plato, jugada perfecta: el ganador casualmente llevará su jamón, su carne o su mayonesa, y estará así de buena porque se hizo con él o ella.