Finalmente, ha llegado el día. Después de comer en el último restaurante de moda según la crítica gastronómica en Barcelona, a la salida me he tenido que parar en el turco de la esquina a comprarme un kebab. Me he quedado con hambre.

El mito cejijunto por excelencia de los noventa, eso del pasar hambre en las mesas de alta cocina, que nunca fue verdad, se está haciendo realidad hoy en la gama media-alta urbana. De las capillitas del producto fundadas por los que antaño fueron aprendices talentosos en los grandes templos, se sale, cada día más a menudo, como se sale de misa de doce: con el espíritu tocado por la gracia, y el estómago roncando por un pollo asado.

A la mesa van llegando bocados, platitos bonsái, pequeñas construcciones que estimulan la imaginación y la salivación, con alma de aperitivo. Ponen la maquinaria estomacal en marcha, alimentan las ganas de comer y te predisponen a una conclusión que nunca llega. El ágape resulta tan frustrante como una bacanal de coquinas. Yo podría zambullirme en un barreño lleno de ellas como un perro en una piscina de bolas y, enloquecida de gozo, rechupetear hasta perder la noción del tiempo. Pero, llegado cierto punto, un cabracho frito, un arroz de galeras o un suquet de rape tendrían que venir a zanjar el tema, a saciarme y a salvarme de salir frustrada y cabreada.