Después de, al menos, tres décadas de descontextualización en que la mayoría de restaurantes apostaban por cocinas de fuera, presentaban platos que no tenían en cuenta la identidad ni el entorno o insistían en la creatividad de raíz bulliniana, ha comenzado un cambio. La cocina catalana ha superado la etapa de elBulli para regresar a las raíces y rebuscar en la tradición apostando por la proximidad y la temporada. Pero no ha pasado en todas partes igual. Barcelona ha sido el epicentro de la desmemoria en la mesa y ahora quiere remontarlo con restaurantes que presumen de cocina catalana.

En los últimos tres años se está volviendo a la esencia de esta gastronomía. Ocurre en nuevos restaurantes, a manos de cocineros jóvenes, pero también en casas con tradición, donde se reivindica lo propio de forma más desacomplejada. Hay un restablecimiento de la cocina local, incluso del esmorzar de forquilla, que ya tiene su aplicación móvil para encontrar dónde se sirve. En barrios gentrificados como Eixample o Poblenou, donde es más fácil comer kebabs, pizzas, ramen o hamburguesas, han abierto nuevos locales donde disfrutar de un capipota o una escudella. Algunos de los motivos que han llevado a este resurgir son el hartazgo de las técnicas más vanguardistas que lideró Ferran Adrià, pero también la falta de referentes culinarios en las casas particulares, donde poco se cocinan platos tradicionales como un fricandó y unos fideos a la cazuela, o la invasión de cocinas extranjeras, que han saturado el mercado. Esto no significa que las referencias a elBulli se vayan a esfumar, pues toda gran revolución deja una gran herencia estructural. Más bien será un reequilibrio de la oferta.