Cerca de mi casa han abierto una panadería penumbrosa donde exhiben, en peanas iluminadas, panes de altísima calidad como si fueran obras de arte o, mejor, carísimas joyas de Tiffany & Co. Me habría parecido un chiste si hace, no sé, veinte años, me hubieran dicho que hoy serían tendencia cosas tan normales y corrientes como el pan, el café (de especialidad) o las burgers (
lf" rel="" title="https://elpais.com/eps/2022-08-19/hamburguesas-gourmet-o-smash-burgers-el-ultimo-duelo-gastronomico-se-libra-en-las-parrillas.html" data-link-track-dtm="">en su versiones gourmet o smash). Todo pasado por el filtro de la sofisticación y la finura, que ya no solo llega a lo realmente exclusivo, sino que se desparrama sobre las extensas y hambrientas masas populares.
El paisaje gastronómico de las ciudades está en constante mutación. Hace años que las franquicias de comida rápida han copado los centros urbanos, convirtiéndose, no en un pecado de fin de semana, sino en un pilar de nuestro día a día. Cada vez es más difícil encontrar lugares donde desayunar un cruasán, como Superlópez, o comer un menú del día a base de lentejas y escalope. Y, en un dramático giro de los acontecimientos, ¡la gente prefiere comer a beber! Cierran los bares de copas, abren sitios de comida lo más guay posible y en muchos establecimientos a la mínima caña te tienden un mantel. Y si de beber se trata, lo que se ofrecen son sofisticadas coctelerías. Todos somos elegantes.






