En un presente tan poco halagüeño, la alimentación puede importar, sobre todo si nos fijamos en las implicaciones sociales de la comida
En los momentos más álgidos del procés, allá por octubre de 2017, un par de personas me recriminaron que tuiteara sobre restaurantes o recetas cuando en Cataluña estaba a punto de estallar la revolución. Los reproches me parecieron tan absurdos que ni los discutí, pero aquellos indignados plantaron una semilla en mi cabeza, porque desde entonces me he planteado en más de una ocasión qué sentido tiene tratar temas en apariencia banales cuando el mundo arde. Cómo podemos preocuparnos de cómo se hace el gazpacho, dónde ir a comer sushi o
" title="https://elpais.com/gastronomia/2025-10-07/la-reina-indiscutible-del-cruasan-la-pasteleria-mervier-canal-de-barcelona.html" data-link-track-dtm="">cuál es el mejor cruasán de España, mientras a nuestro alrededor arrecian dramas como el de la vivienda o el de la pobreza, por decir dos bien lacerantes.
Hasta ahora había capeado el temporal recordando una cita de Voltaire que me pasó un amigo un día que le lloriqueé con la insoportable levedad de mi trabajo. “Si la naturaleza no nos hubiera hecho un tanto frívolos, seríamos muy infelices. Precisamente porque es frívola, la mayor parte de la sociedad no se ahorca”. En clara contradicción con lo anterior, también me he dicho que comer es una actividad humana básica, que se minusvalora cuando debería recibir más atención.






