Somos testigos del choque entre una generación de chefs poco acostumbrados a que la notoriedad les deje a la merced del sentir del público general, y una generación de clientes que llevan, cada uno, un megáfono en el bolsillo
El cocinero Dani García vuelve esta semana a estar en el candelero. Todo empezó cuando Álvaro Barco, periodista y politólogo, publicó en redes un vídeo en el que ironizaba con sorna sobre el tamaño y el precio de un cóctel servido en Leña, restaurante del susodicho chef. El vídeo se hizo viral. El humor sobre raciones y precios en la alta gastronomía parece que nunca pasa de moda.
El equipo de comunicación de Leña reaccionó con rapidez e inteligencia para poner la crisis a trabajar a su favor. En cuestión de horas tuvieron una gran campaña en marcha: rebautizaron el cóctel como “El Alvarito”, cazando la pedrada al vuelo y jugándola como un balón, e invitaron a degustarlo gratis a todo aquel que se presentase en el local mostrando el reel de la promoción. Hasta aquí, estamos ante una escena digna de figurar en manuales de marketing como ejemplo de gestión eficaz ante una potencial crisis reputacional.
Pero la historia no terminó así. Poco después, en una entrevista, Dani García no pudo contenerse y, visiblemente molesto, calificó a Barco de “payaso” y al vídeo de “excesivo e injusto”. Pidió un uso “razonable y honesto” de las redes sociales y afirmó que “cada persona merece respeto, porque detrás hay gente, cocineros, restaurantes que se están jugando su dinero y tienen sus casas hipotecadas”.






