El sufrimiento provocado por el maltrato en estos contextos es reinterpretado por quien lo padece como rito de iniciación

Este es uno de los argumentos típicos de quienes reaccionan a la defensiva ante las denuncias de malas praxis en restaurantes de élite. El último en blandirlo ha sido Ferran Adrià, en una reciente entrevista con Carlos Cano en La Ser. En ella se menciona mi nombre, de modo que me otorgo el derecho a réplica. Lo haré respondiendo a la advertencia sobre los peligros de “hablar por hablar” y al “¿por qué no se ha ido la gente?”.

Porque se reprocha el “hablar por hablar”, conviene detenerse un momento en qué significa, exactamente, hablar.

Wittgenstein escribió que los límites del lenguaje son los límites del mundo: lo que no tiene nombre, aquello de lo que no se habla, no existe. Hablar es tirar de la manta y hacer visible lo que hay debajo para todos aquellos que no lo han visto con sus propios ojos. Y es constatar, con cada nueva voz que se suma, que la experiencia era compartida, que nadie era un caso de hipersensibilidad ni de debilidad individual; que nadie estaba solo. Eso es hablar para transformar.

En cuanto a por qué los becarios aguantan este tipo de vejaciones sin responder o sin marcharse… Los hay que se marchan, sí. Se van con sensación de derrota y otras secuelas psicológicas, cuyo eco puede acompañarlos durante años. Porque ninguna experiencia es inocua.