Si nadie va a la frutería o a la ferretería y grita imperativamente a las personas que hay tras el mostrador: “¡frutero!” o “¡ferretero!” para indicarles que está esperando su turno, si nadie (excepto, en fin, Robert De Niro en El cabo del miedo) se dirige a su letrado mediante la palabra “abogado”, ¿por qué todavía tantos clientes gritan “camarero” para llamar la atención de quien les está atendiendo? Todo el que lo ha vivido lo sabe: trabajar de cara al público es duro, exigente y agotador; y hacerlo en hostelería supone un reto doble: a las dificultades físicas y psicológicas del propio trabajo, especialmente en algunos entornos, como los más turistificados, se les puede añadir la de tratar con clientes impertinentes.
No por casualidad, las viñetas de bar o de restaurante son unas de las más frecuentes entre las dibujadas por Pedro Vera, autor de los famosos ranciofacts. Este género humorístico recoge las “cimas del cuñadismo nacional” en libros editados por Astiberri repletos de escenas cotidianas y casposas, o costumbres castizas en extinción que Vera dibuja, haciéndolas tan reconocibles como desagradables.
Si Freud dijo que lo siniestro es lo familiar que se vuelve extraño, un hombre que, tras terminar de comer, se refiere a la cuenta como “la dolorosa” entre risotadas o que, sin la complicidad del camarero, hace bromas sobre cómo su vaso de cerveza está agujereado, es algo tan siniestro que merece convertirse en ranciofact. Pero no se trata solo de chistes gastados o de leves faltas de empatía. En otras ocasiones, a los camareros se les chista o se les grita, se les exigen ritmos imposibles o, en los peores casos, se les convierte en víctimas de comentarios machistas u homófobos.






