Las queserías confirman que cada vez más personas quieren hacer cosas con las manos, comer rico y recuperar un legado gastronómico ancestral a través de lo experiencial

¿Existe una pareja más inseparable que el pan con mantequilla? Demonizada durante años por el pánico a las grasas, hoy este derivado lácteo, cremoso y salado, se ha sacudido el estigma y ha recuperado su solera de antaño. Las neveras (y las tostadas del desayuno) vuelven a estar llenas de mantequilla, y sus versiones artesanales, ahumadas...

o fermentadas se sirven como aperitivo de alta cocina y se agotan pese a lo elevado de su precio, que llega a sobrepasar los 80 euros el kilo en el caso de las más selectas. Es de los lácteos con un coste de producción más alto: para hacer un kilo de mantequilla, hacen falta 25 litros de leche entera. Es un proceso mecánico y molecular, pero también poético y liberador para sus potenciales aprendices.

Las queserías confirman que, en un mundo donde lo digital satura y el exceso de estímulos aturde, cada vez son más las personas que quieren hacer cosas con las manos, comer rico y recuperar el legado gastronómico de sus abuelas a través de lo experiencial. Por eso, de un tiempo a esta parte los talleres de mantequilla casera están a rebosar: las plazas se agotan y el interés por replicar esta grasa en nuestros hogares, sin aditivos ni conservantes, no parece tocar techo. Cualquier parecido con su contraparte industrial es pura coincidencia, recalcan sus artífices.