Dos amigos de toda la vida le pegan un bocado a la zona alta de Barcelona con una propuesta disfrutona

El pollo asado es un ritual sagrado en la Ciudad Condal: el fin de semana es un plato que puede degustarse en muchas mesas y no entiende de barrios o filias. Las rostisseries han crecido como setas a lo largo y ancho de la capital catalana y aunque el pollo sea el rey, la comida para llevar siempre ha ejercido de complemento directo en los banquetes dominicales. Algunos negocios empiezan vendiendo el pollastre a l’ast

i> y siguen fieles a ello hasta que el tiempo les pulso y otros arrancan con él y hasta se atreven a ir más lejos.

El Colmado Carpanta (Passeig de Sant Joan Bosco, 51, Barcelona) es de estos últimos: empezaron hace unos meses con el bendito pollo en la parte alta de Barcelona y gozaron de un éxito tan inmediato que decidieron cambiar de planes, reformaron su almacén y abrieron un restaurante en un local pensado para que el personal se llevara la comida a casa. No solo eso: es difícil encontrar mesa y hasta leyendas de la cocina catalana como Albert Adriá se han sumado a la clientela.

“Somos amigos desde que tenemos tres años, fuimos al colegio juntos hasta los 18. Después, muy jóvenes, con 19 empezamos a trabajar juntos en el mismo sitio y desde ese momento acabábamos pensando ideas de qué hacer para abrir algo. Teníamos ideas, pero todas caras… hasta que ya con 30 pensamos al revés: qué dinero tenemos y qué podemos abrir, y así salió el local actual” cuenta Adrián López, que junto a Guillem Pico abrieron el Carpanta con las ganas y la energía del que lleva toda la vida persiguiendo algo. “Los pollos surgieron como idea para no arruinarnos. La pregunta que nos hacíamos era: “¿qué venderemos sí o sí y podremos hacer mano a mano?”. La respuesta: pollos. “Hay que ser muy burro para no vender pollos al menos el domingo, así que no nos arruinamos seguro, pensamos”, dice Guillem entre risas.