Los platos caseros refunden a cada bocado una loncha de familiaridad sobre los recuerdos y las emociones. Cuidar lo que se come se vuelve esencial en tiempos de ‘likes’ y ‘fast food’

Cada día después de clase, llegaba a casa con un hambre feroz y una sensación de frío disociada de la temperatura real. Era una destemplanza somática, como cuando se tienen muchas ganas de ir al baño. Los viernes sabía que le esperaba una bandeja de macarrones gratinados. Le entusiasmaba el dulzor del sofrito caramelizado en aceite de oliva perfilado con la acidez afrutada de los tomates maduros compotados en él. Le parecía audaz el contrapunto de los pequeñ...

os pedazos de chorizo retostados en la sartén con resonancias a pimentón que eran como un paseo por la cocina de otros tiempos. Y se relamía con el aroma agudo, penetrante y distinguible de la dorada corteza que sobre la fuente anticipaba la sabrosura elástica y grasa, por momentos crujiente, del queso horneado. Una de las cosas que más le gustaba era masticar las puntas ennegrecidas de los macarrones sobretostados. La solidez de la costumbre, como tantas otras que perfilaban sus gustos.

Es lo que tiene la comida casera, que refunde a cada bocado una loncha de familiaridad que se derrite sobre los recuerdos y las emociones favorables, como un queso chédar frente al calor. Y, claro está, los platos celebrados en el seno del hogar, además de deliciosos, se presupone que van acompañados de rasgos que los diferencian de los comestibles envasados en los aserraderos de raciones. Asociamos las competencias hogareñas con los ingredientes frescos y de temporada, con un tratamiento manual lleno de dedicación y cuidado que, además de nutritivo, implica una carga sentimental, incluso cuando la pasta, la salsa de tomate, el embutido y el lácteo son de procedencia industrial. Porque ni todos los procesados son malos, como ocurre con el aceite de oliva, el pan integral o la leche pasteurizada, ni todos los progenitores se involucran en la faceta saludable de la alimentación.