No es una cuestión de ingredientes ni de tiempos de cocción: una neurocientífica, un antropólogo y una guisandera nos explican por qué idealizamos los sabores de casa
Hablemos de la tortilla de patatas, pero esta vez no vamos a enfrentar a media España con la otra mitad sobre si debe llevar cebolla o no. A esa guerra fratricida sobre nuestro patrimonio gastronómico nacional aún le quedan muchas batallas que librar y ya sabemos que nunca va a haber vencedores ni vencidos. Hoy nos metemos en otro berenjenal de los buenos: si defiendes como si te fuera la vida en ello que la tortilla de tu casa es la mejor de tu mundo conocido, ¿cómo puede ser que a la gente a la que se lo comentas te diga exactamente lo mismo?
¿Acaso todas las tortillas son las mejores? Estamos de acuerdo en que esto no es posible, objetivamente es inviable porque provocaría la colisión de nuestros universos culinarios. También puede que estés atrapado en una infinita frustración gastronómica, porque por muchas tortillas que hayas probado a lo largo de tu vida ninguna iguala el sabor de la que te cocinaba tu familiar más querido (que a lo mejor, además, ya no está a tu lado).
Así que no nos queda más remedio que llevar a juicio a tu tortilla de patatas de cabecera. Bueno, y en general a todos los platos caseros que tienes idealizados, te transportan a lugares felices de tu infancia o traes metidos en táper cada vez que vas de visita a tu pueblo. Tenemos como testigos a una neurocientífica, a un antropólogo y a una guisandera para que nos expliquen qué diantres pasa con esto.






