No necesitan ser exquisitas ni milagrosamente saludables para tener sentido en la cocina. Lo tienen por conectar con un pasado agrario que no conviene olvidar o por la economía circular
Estamos en temporada reina de la enemiga número uno de los niños, la primera planta de la que aprendimos el nombre. Tienes diez años y vas a la velocidad de la luz, levantando polvareda y dando botes cuesta abajo, con la bici fuera de control. Ante ti, el dilema: estamparte en el margen izquierdo, frondoso de zarzas, o en el derecho, verde de ortigas. ...
Hoy hay quien va a por ellas voluntariamente, al taller de foraging (ir al campo a forrajear pagando) o al mercado, donde ronda los veinte euros el kilo. Para los amantes de cocinar con la llamada hierba de los ciegos (porque se anuncia a gritos al tacto), el momento estelar es ahora: con la tierra bien regada y antes de que vuelvan las golondrinas del todo. Crecen más de un metro y son gratis.
Encontrar ideas y trucos para cocinar ortigas no es difícil. La gastroesfera está llena de recetas en cuya introducción se cantan sus bondades gustativas y se celebran sus supuestas propiedades medicinales, en un ejercicio parecido al “tranquilo, no te va a doler” que acompaña a cada niño que entra en la consulta del dentista. Curiosamente, ese ritual de persuasión no suele aparecer en recetas con jamón ibérico o helado de fresa.






