Hace tres días que todo a mi alrededor grita “trufa y lejía” de una forma que sólo los extractos de trufa sintética suelen provocarme

El ciclo de vida de una calabaza cualquiera pasa por nacer, crecer, transformarse en crema y desaparecer. Precisamente por esto, la calabaza es un fruto otoñal. Porque en otoño, a falta de gazpacho, necesitamos alternativas al combinado de cuchara y poco trabajo. Y lo que el ser humano necesita, la Naturaleza lo provee. ...

El martes cogí una calabaza, la convertí en crema y ya van tres días que en casa repetimos cena. Para despistar al aburrimiento y darle al cuenco un toque de distinción, ayer rescaté del armario un tarrito de “cosa gourmet”, comprado en una feria de artesanos medio por curiosidad, medio por solidaridad.

Hablamos de una salsa de tipo tartufata, una familia de pastas y patés aromáticos con alguna cantidad de trufa acompañada con setas, olivas, aceites o hierbas, que suelen venderse como complemento refinado capaz de elevar un simple plato de espaguetis o una crema de calabaza rudimentaria al estatus de Alta Gastronomía. Gracias a ellas, un mixto puede venderse por quince euros.

Desde esa cena a base de crema de calabaza con tartufata he vivido envuelta en una neblina turbia de efluvios y reflujos provenientes de mi propio cuerpo. Hace tres días que todo a mi alrededor grita “trufa y lejía” de una forma que sólo los extractos de trufa sintética suelen provocarme. Pero ¿cómo puede ser, si el autor de esa “delicia gourmet” es un pequeño artesano con una web minimalista de tipografía helvética, fotografías con filtro sepia de campos de olivos y eslóganes como “autenticidad” o “sólo trufa real, sin aromas añadidos, libre de químicos, recolectada con respeto y amor por la tierra”? ¿Cómo puedo notar la lengua como si hubiese chupado una fregona si “cada cosecha de trufa es un regalo de la naturaleza”?