¿Necesitas una nueva versión de este clásico de cuchara? Entonces prueba esta que se prepara con langostinos o cualquier otro crustáceo

La calabaza es uno de esos ingredientes que, por ser humilde y por su aparente estacionalidad, aparecen en nuestras mesas solo en los meses de otoño. La realidad es bien distinta, pues existen variedades absolutamente deliciosas durante todo el año. Reconozco que no soy una gran amante de esta cucurbitácea, y en esto no ha ayudado el amplio recetario que se empeña en encasillar a la pobre calabaza en postres que me resultan demasiado empalagosos y cremas excesivamente dulzonas (aunque hay excepciones, claro).

Sin embargo, si a la calabaza se la trata con cariño se puede transformar en algo sublime, con una textura aterciopelada que brilla especialmente al convertirla en una crema. Mi receta nace de esa necesidad de encontrar formas de prepararla sin perder su esencia, y explotando al máximo su valor: es una manera deliciosa de tomarla, con un matiz diferente que conquistará incluso a los más escépticos de esta hortaliza.

No es la primera vez –ni será la última– que pasamos la calabaza por la batidora para convertirla en un plato de cuchara. La hemos preparado con aceite de oliva en diferentes formatos, en dos versiones de inspiración asiática, con naranja y azafrán, con alubias para espesarla, con boniato y zanahoria o con aguacate y chips de verduras. Hoy la acompañaremos con marisco, aprovechando que ha bajado de precio después de las fiestas.