Esta especie de croquetas son un ejemplo perfecto de la cocina tradicional más humilde: con pocos ingredientes se pueden hacer auténticas maravillas

Cuando había poco para comer, se hacían maravillas con los ingredientes más humildes. Nuestro recetario tradicional es el mejor ejemplo de ello: sopas de ajo, huevos tontos, patatas a la importancia. Pan, aceite, a veces huevos, patatas; la base alimenticia de un país con la que nuestras madres y abuelas cocinaban verdaderas virguerías.

La receta de hoy es un ejemplo más para sumar a esta lista. Las patatas huecas han sido una guarnición muy común en las mesas aragonesas hasta hace no mucho. Especialmente en Navidad, se servían para acompañar asados (aunque seguramente desaparecieran de la mesa mucho antes de que llegara el ternasco). Se trata de una masa ligera de patata, huevo, leche y harina, a veces con un poco de ajo picado y perejil, frita en forma de quenelles o croquetas. A modo de buñuelo, la gracia es que quede una fritura dorada y crujiente por fuera y un interior cremoso.

En cada casa tienen su método, aunque casi todos tienen en común el uso del ojímetro. Un par de patatas medianas, un par de huevos, un poco de leche, ¿harina? la que pida. Aquí especificaremos cantidades, pero siempre está bien practicar la vista y la intuición. Una vez las patatas están aplastadas, se mezclan con el huevo y la leche. Hasta ahí bien. Luego la harina está bien añadirla poco a poco hasta obtener una textura de masa densa, que pueda darse forma con una cuchara. Es cuestión de gustos, pero yo prefiero quedarme corta de harina para que la patata hueca por dentro esté más cremosa.