La cocina bebe de una tradición que descansa en el recuerdo y entrega sabores que abren la puerta a experiencias pasadas que invocan el retorno de una época dichosa

Mucho ha variado la manera de vivir desde que prosperó la idea de que “la cocina de un país es su paisaje puesto en la cazuela”. La frase ha sido transformada en eslogan a partir de las ideas de un Josep Pla que, viajando por sus nostalgias, desnudó los refinamientos de la cocina sencilla de su memoria en las páginas que dedicó a las cosas del comer, unos textos en los que el escritor de Palafrugell desanda los pasos del tiempo en el que se forjaron sus recuerdos culinarios. Tomaba la pluma como se toma una cuchara para enfrentarse a una ligera y sustanciosa sopa de pescado, ñoras y añoranzas, para recuperar unas vivencias entalladas al calor del rescoldo de una melancolía evocada por el recuerdo de los serones de esparto, el sesteo entre las barcas, la cadencia del laboreo agrícola y los cantos de taberna. Episodios que reviven la caricia del aire cálido del verano, las maneras pausadas de la labranza con arado tras la mula, la zambullida en las aguas en una recóndita cala, entre una naturaleza agreste que se adentra en el mar.