En un mundo lleno de estímulos en el que los platos se piensan para ser fotografiados y no para ser comidos, le deseamos una larga vida a la cocina lenta, rica y a veces un poco fea
Mi sobrina de trece años se vuelve loca cada vez que nos cruzamos por la calle con una tienda de bubble tea. Se agarra del cuello con las manos, retuerce su torso como una anguila y me mira con cara de llevar diez días de travesía por el Sahara sin ingerir ni una sola gota de agua. “¡Me muero de sed!, ¡por favor!, ¡necesiiiitooooo…!”. Esa bebida de origen taiwanés que mezcla perlas de tapioca con leche, frutas, jarabes y té, adquiere unas tonalidades lisérgicas que me recuerdan a las setas venenosas que afloran alrededor de los árboles con colores llamativos. Mientras que, para mí –un señor nacido en el 1900– beberme un líquido rosa con bolitas negras es un peligro que alerta de una muerte inminente, mi sobrina piensa que se trata de un brebaje divertido y un consumo de fantasía.
Vivimos en la era de engullir estímulos sin parar; de hacer scroll infinito hasta que la cuenca de los ojos se nos tiña de blanco y la mente se nos nuble como un martes cualquiera en la provincia de Lleida. Ansiamos tragar contenido a través de todos nuestros sentidos. Queremos saborear, ver, tocar y oír hasta empacharnos de emociones y experiencias; hasta llegar al clímax de no sentir nada.






